Champions League | Montpellier 33 - Ciudad Real 31

La Champions, otra vez española

El Ciudad Real hizo valer su renta de seis goles conquistada en el Quijote Arena y alcanzó ayer su primera final de la Champions League, que la disputará frente al Barcelona. Por tercera vez en su historia, el título de la máxima competición continental se decidirá entre dos equipos de la Asobal.

<b>EXULTANTES. </b>Los jugadores del Ciudad Real (Ortega, Pajovic, Zaky, Stefansson, Jacobsen y Dujsebaev) celebran el paso a la final de la Champions en la pista del Montpellier.
Enrique Ojeda
Redacción de AS
Actualizado a

El Ciudad Real redondeó en la tarde de ayer un fin de semana excelente para el balonmano español: se clasificó para jugar su primera final de la Champions League frente al Barcelona, que había certificado su pase a la final el sábado, como también lo había hecho el Ademar en la Recopa.

Lo cierto es que aunque se veía superior, el equipo manchego no las tenía todas consigo con sus seis goles de renta de la ida (30-24), porque en las últimas horas se le martilleaba repetidamente, y desde todas las direcciones, con las gestas del Montpellier en su ratonera del René Bougnol, de infausto recuerdo para el Portland, por ejemplo, que perdió la final de la Champions de hace dos años pese a presentarse con nueve goles de margen. Los árbitros es otro factor en Europa, que a veces pasa inadvertido hasta después de los partidos.

La mirada de Alberto.

Pero ayer era imposible que cayese el Ciudad Real. No había más que fijarse en la cara de Alberto Entrerríos para ver el gesto de un ganador convencido. Los ojos del asturiano fosforecían como los de un felino ante su presa, y sus manos de pianista aficionado eran como zarpas dispuestas a destrozar cualquier pieza. Fue el hombre del partido en ataque, el que desatascó la presión del Montpellier, el que en los momentos de apuro sacó su brazo derecho a golear la meta de Omeyer, la que retiró al portero suplente Karaboue por ineficaz ante sus lanzamientos. Alberto, campeón del Mundo, ha sido el hombre de esta semifinal.

Y para evitar que surgiesen las dudas, allí estaba Hombrados. Un hombre tranquilo, inmutable, estudioso de los rivales a los que reconoce con la sombra. Sus paradas en los uno contra uno fueron minando la moral local si es que alguna vez el Montpellier soñó con otra final continental.

Impaciencia.

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Pese a todo, el Ciudad Real no hizo uno de esos partidos soberbios de los que es capaz. Por momentos pareció acelerado, impaciente, como si corriese para acabar antes. Mandó durante 25 minutos en la primera mitad, y otros tantos en la segunda, y no rentabilizó su superioridad, con algún despiste defensivo criticable.

Ahora bien, cuando tuvo que ponerse serio, cuando estaba en inferioridad, con dos jugadores menos en la segunda parte y la situación podría volverse comprometida, emergieron los jugones, los Dujsebaev, Dzomba, Kallman, para que aquello no pasase a mayores.

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