Yo digo | Javier Hernández

El furlong de la agonía

Javier Hernández
Redactor en el Diario AS desde 1992. Presentador, narrador y comentarista de Turf en TVE durante 16 años (2005-2021). Autor del libro 'Atleti somos nosotros'.
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Mañana se juega el Madrid-Barça, que en una previsión optimista lo seguirán nueve millones de españoles. Hoy se corre en Aintree el Grand National, al tiempo que se casa el Príncipe Carlos en Windsor. Se estima que nueve millones de británicos se sentarán frente al televisor para ver la boda real, mientras que unos 18 verán el Grand National (600 millones en todo el mundo).

Aclarada la dimensión del evento, pasemos a la carrera. El Grand National es un maratón de cuatro millas y cuatro furlongs (medida que equivale a 200 metros). Son 7'2 kilómetros de épica. Después de saltar el Becher's Brook, el Canal, The Chair, la Ría y un total de 30 obstáculos, aún queda el último furlong. Son los 200 metros finales de la carrera, sin vallas. Le llaman the agony furlong, el furlong de la agonía. A la recta final el caballo llega turbado, con la vista nublada y exhausto tras el esfuerzo, como esos maratonianos que se desmayan un metro antes de la meta. Caballos sin respiro, jockeys sin fuerzas... es el furlong de la agonía, rincón de enigmas como el de Devon Loch, el caballo de la Reina Madre que en 1956 visionó una valla imaginaria, saltó y quedó despatarrado a escasos metros de la meta cuando iba el primero. Eso es el Grand National: épica y agonía, y toda la gloria de un país para el vencedor. Como los ingleses, amo las carreras de caballos. Quizá porque no hay nada más bello y real. Ni siquiera la boda de un príncipe.

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