Londres ofrece estrellas mientras llega lo demás
Beckham, Blair, Isabel II y grandes atletas avalan la candidatura


Cuando Lord Sebastian Coe se medía en los años 80 a Ovett, Cram, Abascal, Aouita o José Luis González por los mítines y pistas del mundo, ignoraba que recibía una preparación singular para la segunda mitad de su vida: como consejero delegado de Londres 2012, Coe se halla enfrascado en una vitalista carrera contrarreloj, digna de sus finales agónicos en Moscú, Los Angeles o Weltklasse de Zúrich.
A toda voz: Dios puede salvar la Reina, puede salvar a los zorros (no a todos) y quizá tolere a Camilla como reina consorte, pero quizá no pueda ofrecer infraestructuras donde no las hay.
Coe y su brillante equipo se han dejado la piel en la penúltima recta para convencer a la Comisión de que habrá trenes de cercanías y estaciones donde hoy no hay túneles. El buen pueblo de Londres mira a su Torre y a los tabloides y piensa: es un dineral.
Las obras del nuevo coliseo de Wembley siguen despacio. Hiere la renuncia al Mundial 2005 de atletismo. El Lea Valley, clave de las instalaciones olímpicas, es una nube de proyectos donde por ahora llueve no demasiada realidad. Los hombres de Coe llevaron un tenderete hasta Trafalgar Square: ahí van la Columna de Nelson, las risitas de Beckham y Owen, la majestuosidad de Sir Bobby Charlton, las canas de Jonathan Edwards o las leyendas de Daley Thompson, Steve Redgrave y Kelly Holmes. Y Tony Blair. Y la Reina isabel II, claro.
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Por no hablar del alcalde Ken Livingstone y su incidente antisemita con un reportero del Evening Standard, hablemos del presupuesto total del proyecto, que ya se sitúa en 2.400 millones de libras. Más allá de los 3.500 millones de euros: no es tanta barbaridad, cuando está casi todo por construir. Estadios (ya llegan Wembley y el nuevo del Arsenal), transportes, Villa... cuando hoy Londres sólo puede exhibir la cúpula del Millenium, cuya explotación ya dirigen los Anschutz: los dueños del cavernoso Staples Center de Los Angeles.
Coe pretende llegar a la finalísima de Singapur con fuelle para lanzar el ataque definitivo en los últimos metros. "Sería la mejor victoria de mi vida", sueña el digno heredero de los Carros de Fuego, Abrahams y Lidell. La mejor, claro: es la más difícil.