Con Hewitt acorralado, Nadal se quedó sin balas
Al final de la batalla de casi cuatro horas y pese a sus bramidos de triunfo, al demonio Hewitt le olía la piel a azufre.


Al final de la batalla de casi cuatro horas y pese a sus bramidos de triunfo, al demonio Hewitt le olía la piel a azufre. Idealmente, la imagen que el demonio mantendrá de este partido no va a ser la de su pase a los cuartos de final del Australian Open. No: desde ya, Lleyton Hewitt sabe que le quedan muy pocos partidos que ganar a Rafael Nadal.
"I love this big kid", "amo a este chico grande". Hewitt dijo eso de Nadal porque el amo ardiente del tenis australiano se ve reflejado y seguramente mejorado en el gran chico zurdo de Manacor.
"Rafa es tan competitivo y tiene tanta hambre como yo con su edad: esa es la razón de los partidos que ganamos uno y otro. Nos gustan las grandes citas, nos gusta pisar fuerte cada vez que salimos a una pista y llevamos nuestra emoción a cada partido. Por eso sé que Rafa tiene un gran futuro". Cuando Hewitt decía esto, podía dar gracias a sus Cuervos de Adelaida y de Melbourne por seguir vivo en el Open océanico.
Esa emoción de Nadal había generado un tiroteo del que Hewitt escapó no por juego: por fuerza mental, energía y deseo carismático. "Algo de psicología sí que hubo ahí", diría el mismo Nadal. Ahí: bajo el cielo lavanda de Melbourne donde los cuervos del Rod Laver Arena graznaban en favor de su ídolo, Lleyton Hewitt. Ahí: en el cenit de la caza que había emprendido el gran chico de Manacor, vestido como Hewitt: de celeste y blanco.
Las claves. Ahí estuvieron las oportunidades, en la electricidad densa con la que Nadal dictó a Hewitt nueve juegos seguidos entre el segundo y tercer sets.
Y ahí: en esos momentos claves de la cuarta manga en los que Rafa llegó a tener hasta tres 15-30 (uno debió ser un 0-40, pero un línea lo evitó) sobre el servicio de Hewitt, más acorralado que nunca en este Australian Open: porque, encima, quien lo acorralaba era Nadal, su otro yo, más grande, más joven y con el cutis exótico de uno de los indomables apaches navajos que se enfrentan al Teniente Blueberry, Nariz Rota. "Vaamoss..."
Pero Hewitt, el fantasma de las balas y los rizos de oro y la mirada de fuego, recurrió a los poderes infernales que le han llevado a la cima del tenis mundial. Pasión. Garra. Competitividad. Mejora física. Alimentarse con su misma emoción, como hacía John McEnroe. Es de los demonios que siempre quieres a tu lado, no en tu contra.
En el quinto set, los pies del acalambrado Nadal parecían hundirse en cemento húmedo, ya no rebotaban en la goma verde del Arena. Sus brazos estaban quemados. Y Hewitt aulló su grito de guerra: "C´mon". Se perdió en el viento. Porque el tiempo es de Nadal.
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He tenido muy cerca el triunfo, sobre todo en varios momentos del cuarto set, cuando tuve tres veces 15-30 sobre su saque, pero entonces no he podido ganar, porque Hewitt ha jugado muy bien. Con 4-4 y 15-30, subí con el mejor revés cortado que puedo hacer, y él me ganó con un gran globo: no pude hacer nada. Ha podido ser un poco psicológico. No lo he hecho mal, sino que él ha sacado su mejor tenis. En el quinto set ya tenía calambres y él lo empezó muy bien. Se me ha escapado por muy poco. Espero estar más contento dentro de dos o tres días cuando piense en el partido que he jugado. Mi objetivo es estar entre los 15 primeros del mundo".