Moyá y Ferrero ante el gran maestro Romero
El mito más importante de la Sevilla que aguarda ilusionada la final de la Copa Davis es el Faraón de Camas: Curro Romero. El torero que más veces ha salido a hombros por las puertas grandes de las plazas de Madrid y Sevilla visitó al equipo español de Davis. Y recitó toda una lección de arte.


El mando, el arte y la gracia "en fusión nuclear", como Joaquín Vidal describió a Curro Romero en El País en abril de 1999, se hicieron carne junto a la selección española de Copa Davis. En el Hotel Colón, a sólo horas de su 71 cumpleaños, Francisco Romero López, Faraón de Camas y del toreo sevillano, reapareció con unas verónicas de alhelí que dejaron extasiados a los tenistas españoles que desde mañana van a luchar por la Ensaladera.
Romero, tenía ilusión por conocer a los tenistas, y los tenistas sintieron admiración cuando se hallaron ante el hombre que salió siete veces a hombros por la Puerta Grande de la Monumental de Las Ventas y cinco veces por la Puerta del Príncipe de la Real Maestranza de Sevilla.
Especialmente, Juan Carlos Ferrero sintió realizarse un sueño ante la presencia del Faraón: Ferrero había hecho llegar a Gregorio Conejo, relaciones públicas del Betis y amigo personal de Curro, sus grandes deseos de conocer a Romero. El rostro del joven valenciano brillaba ante Romero el genio que tomó la alternativa... precisamente en Valencia, el 18 de marzo de 1959. "Allá en Valencia tenemos ahora a Barrera, maestro, torea bien, ¿no?", dijo Ferrero a Romero. Curro asintió. Y añadió: "Y Enrique Ponce es también un fenómeno".
Al reclamo del Faraón, los jugadores, cuidadores y técnicos del equipo español de Davis fueron agolpándose en el restaurante del hotel. Algunos grababan imágenes. Otros, como Feliciano López, recordaban a sus padres: "La ilusión que les hubiera hecho conocer a Curro", decía Feliciano. De súbito, el temperamento artístico de Carlos Moyá se encontró ante una prueba de fuego: reconocer y medir el sentido del arte y el temple en estado químicamente puro.
Las expresiones de Moyá, Ferrero, del mismo Feliciano y de Tommy Robredo, pasaron de la sorpresa al trance cuando Curro cogió su capotillo ("está un poco duro", dijo Romero), bajó las muñecas, y templó, despacito, una verónica embrujada con ese compás que le enseñó su maestro, Salomón Vargas, en la desaparecida placita de La Pañoleta.
Y las caras de los españoles que deben reconquistar el Santo Grial de la Ensaladera se parecieron, de pronto y de repente, a las de esos partidarios que enronquecían en los tendidos de la Maestranza, con ramitas de romero en ojales y solapas. Los que van a enfrentarse con Estados Unidos se las veían con el temple que supo dominar y vencer al Tiempo: Curro se retiró hace sólo cuatro años, en octubre de 2000.
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Con 66 años cumplidos, en aquel año 2000, Romero aún cortaba orejas en la Maestranza sevillana. Y hasta un rabo, en una faena inexplicable: en la Feria de El Caballo, en Jerez.
"Nunca me ha importado cortar las orejas: lo que importa es torear como hizo Rafael de Paula aquella misma tarde de Jerez en la que se retiró por no poder matar a sus dos toros. Pero cómo toreó Rafael", sentenció Romero, faraónico, mientras a su esposa, Carmen Tello, se le alegraban las pajarillas: Enrique, uno de los hijos de Carmen, cumplía su gran deseo de saludar al equipo español que va a luchar por la Copa Davis. Mando, arte y gracia... "en fusión nuclear".