Boxeo | Aniversario

30-10-1974: Alí desata el Rugido de la Jungla

Se cumplen 30 años del KO de Foreman ante El Más Grande

<b>FOREMAN, EN LA NOCHE DE LA LONA. </b>En la noche tropical de Kinshasa, el árbitro Zack Clayton, envía a Muhammad Alí al rincón. A sus pies, fuera de combate, George Foreman.
Alejandro Delmás
Importado de Hercules
Actualizado a

Estalló la tormenta tropical en la noche del Zaire, la tormenta, el rugido en la jungla, Rumble in the Jungle, que saludaba el momento más mítico en la historia del deporte mundial. Era la madrugada del 30-10-1974. Esa tormenta, minutos antes, habría acabado con el combate. Pero, como todo el pueblo de Zaire, en realidad saludaba el triunfo de Muhammad Alí sobre George Foreman.

Esa tormenta, ese rugido, la organización encanallada del presidente Mobutu y el maravilloso juego de engaño desplegado por Alí y por su entrenador, Angelo Dundee, palidecen ante una frase estupenda. La dijo Archie Moore, un estilista a quien Alí había pulverizado cuando aún se llamaba Cassius Clay. Ya antes de la pelea, Moore, que iba con Foreman, había dicho a George Plimpton: Rezaba para que Foreman no matase a Alí.

Foreman, campeón del mundo, había reventado a Joe Frazier y destrozado a Ken Norton. Llevaba 40 victorias, sin fallo, y era, describió Norman Mailer, un ejército de un solo hombre. Pero, tras una obra maestra de ocho asaltos, Moore edificó La Frase: El boxeo son sílabas. Hay que aprenderlas una por una.

Según Mailer, había una luz en los ojos de Moore cuando decía esto: aunque Archie era leal a Foreman, el triunfo de Alí era el de su estilo, el de la mejor tradición del buen boxeo.

Ahora sabemos lo que Muhammad dijo a George cuando Foreman (25 años entonces) lanzó al viejo campeón una mirada de ultratumba, ya sobre el ring del Estadio 23 de Mayo, en Kinshasa. A esa mirada, Muhammad Alí, de 32 años, ex Cassius Marcellus Clay, despojado del título mundial de los pesos pesados en 1967 por negarse a ir Vietnam, respondió con palabras como puñales: Has oido hablar de mí desde que eras joven. Me has seguido desde que eras un chiquillo. Ahora te encuentras conmigo: con tu maestro.

Georgie Foreman palmeó los guantes de Muhammad. Ambos se fueron a sus esquinas. Alí ofreció una oración a Alá. Foreman, en su rincón, flexionó y ofreció el trasero a Alí durante los 30 segundos que quedaban hasta la campana. Cargaron, entre el rugido de una jungla hirviente de 60.000 personas, y en presencia de Mobutu Sese Seko, Don King, Mailer, Plimpton, Joe Frazier, Jim Brown... y Angelo Dundee: El Guardián del Sello del Rey Alí.

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Alí atacó primero: escenificación perfecta, remate de la obra maestra del engaño. Todos pensábamos, porque Alí lo había anunciado, que Muhammad iba a bailar toda la noche, como si fuera el Clay de los años 60, antes del despojo y de las batallas de desgaste con Frazier. No: ya con los boxeadores en el ring, Dundee, con llave inglesa y destornillador había destensado las cuerdas donde Alí iba a recostarse y rebotar durante toda la noche: Rope&Dope. Más o menos: el engaño de las cuerdas.

Foreman cayó como un pardillo y atacó como un elefante salvaje. Le mantenía a raya el jab de derecha de Alí: desde el cubil de las cuerdas aflojadas por Dundee. Alí le retaba. En el octavo asalto, Foreman ya no tenía piernas ni reflejos. Pero aún cargaba: ciego, derecho a la tumba. Ahí, Alí salió de las cuerdas con tres derechas como proyectiles. Foreman cayó, un paracaidista abatido. Dick Sadler y Moore le consolaron: había empezado a aprender las sílabas del boxeo. Justo ahí estalló la tormenta...

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