Nadal, el hombre Davis
Consiguió con brillantez el punto que metió a España en la final


Antes del calorazo húmedo de la arena de Alicante, estuvo la nieve de Brno, en pleno invierno centroeuropeo. Allí, en Brno, en febrero, el niño Rafael Nadal se hizo hombre para el tenis de alta competición y le arrancó los colmillos y la Davis a Stepanek y a Chequia en un partido de acero. Para desesperados o para niños libres, como este Nadal ya un poco más adulto: tres meses con un pie roto le tuercen el gesto a cualquiera.
Así que Forget había preparado a sus hombres para reventar a Moyá y Ferrero. A estos, los había pintado como si fueran Borg y Kuerten con la capa de Superman. Forget ordenó a Santoro y Mathieu que extrajeran hasta el último átomo de la tambaleante energía de los españoles. Santoro y Mathieu cumplieron órdenes, pero su victoria pírrica, el desgaste de Moyá y Ferrero, fue su perdición. Tras el hombro machacado de Moyá y la mano herida de Ferrero, asomó la cara de Nadal: aguerrida y un poco achinada. Como los infatigables vietcong que destrozaron a Francia en Diên Biên Phu, en 1954, cuando los generales franceses habían declarado su posición inexpugnable.
Para redondear este Diên Biên Phu, y a pesar de penas, fatigas y la lesión de Santoro, Francia llegó al domingo perdiendo 1-2 y con una sola bala por gastar. No iba a ser en la piel de Nadal, porque el chico que ha puesto a España en la final de la Davis tiene veneno en esa misma piel, que está hecha con el blindaje de los ganadores. Así, a las 11:30 de la mañana, Nadal irrumpió nervioso ante Clèment, que quería redimirse del ridículo del doble. El doble que Nadal preparó y remató tras renunciar al torneo y al jet lag de Pekín.
La tensión nerviosa de Nadal duró hasta el 1-3. Ahí le impulsó un viento de furia que le llevó en volandas a través de diez juegos (10-0) entre primer y segundo set, y que liquidó, abrumándolas, las últimas esperanzas de Forget, de Clément y de Francia. Tras el segundo set, de Clément no quedaban ni las gafas ni el cocodrilito del Lacoste.
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En ese viento furioso se fundían la nieve de Brno, las horas tediosas de recuperación de la fractura y un sentimiento ya casi insólito en un deportista español: el ansia competitiva del que se siente ganador de campana a campana: Rafael Nadal Parera, para entendernos.Y este huracán liquidó una eliminatoria extraña pero terrible. Robredo selló el 4-1 ante Mathieu (6-4, 6-4). El microcosmos que Forget describía incluyó el desgaste y las lesiones, mayores o menores, de Ferrero, Santoro y Moyá. En el desierto arenoso, el zorro francés se replegó a sus cubiles de invierno, como sus generales de Diên Biên Phu en 1954. España y EEUU: una final fantástica, dijo Forget. Había que verle la cara. Por las buenas o por las malas, ya es la final de Rafael Nadal. Perdedores,
abstenerse.