"La tecnología me puede ayudar a tener familia"
A los 44 años, Merlene Ottey, la diosa de ébano ex jamaicana compite en sus sextos Juegos Olímpicos con la camiseta de Eslovenia... y pelando los 11.00 en 100 metros.


Increíble pero cierto: usted ha convertido el sprint en un maratón. ¿Cómo lo ha hecho?
La clave es disfrutar. Y anteponer ese deseo de disfrutar al deseo de ganar. No hay una cosa más bella y más libre que correr, correr todo lo que puedas. Por eso, el atletismo es el deporte rey. Disfrutar de la carrera te ayuda a relajarte y a superar todas las otras depresiones. No hay que hundirse ante la presión de ganar o perder. Limítate a disfrutar y ya está.
¿Qué pensaba en las series de esta mañana, cuando a sus 44 años se veía junto a chicas que podrían ser sus hijas?
Mmmm ... (risita ronca). Estoy encantada cada vez que me veo con esas chicas, pero, francamente, no sé si se ríen de mí, o me ven como un ejemplo. Prefiero pensar lo segundo.
La pregunta que le han hecho un millón de veces. ¿Hasta cuándo va a seguir? ¿Qué planes tiene? Ya pasaron su matrimonio con Nat Page y sus buenos años con Stéfano Tilli. ¿No se plantea formar una familia?
Pero si acabo de hacer 11.14 (esta entrevista se hizo tras las series matinales de 100 metros), si estoy corriendo más que en 2001 o 2002, ¿cómo voy a pensar en retirarme? ¿Usted cómo ve mi cuerpo...? Mire, en 2002 tenía mal la rodilla, y apenas podía moverme. Casi ni podía andar. Vine aquí pensando en que 11.20 ya sería un éxito, y ya ve dónde estoy. Espero llegar a la final. No tengo nada que perder y corro sin presión. Y, sí: seguiré compitiendo. Correr es mi pasión. He cuidado mi cuerpo más de lo que lo hacen muchas jóvenes. No tengo planes de retirada. Quiero estar en el Mundial 2005 de Helsinki. ¿Familia? Pienso que aún puedo tener hijos. Sé que me va a hablar de la edad, pero la tecnología moderna me puede ayudar: hoy, nada es imposible. O casi nada.
Han pasado 24 años desde que usted apareció en los Juegos de Moscú, en 1980. Allí fue tercera en 200, una prueba que dominaban las alemanas del Este y que ganó Barbel Woeckel-Elsner. Ella será hoy una buena matrona germánica, Frau Elsner. Y usted, paseando palmito. Pero Merlene Ottey no tiene siquiera una medalla de oro olímpica como ésa que ganó Woeckel. ¿Qué recuerda de estos 24 años?
En 1976, allí en mi pueblo jamaicano de Cold Spring, no sabía ni que existían los Juegos Olímpicos. Entonces, en los Juegos de ese año, en Montreal, mi paisano Don Quarrie ganó el oro en 200 metros. Lo vimos por televisión. Quarrie se convirtió en un héroe nacional. Mi madre me dijo: Tú vas a ganar la próxima medalla olímpica de Jamaica en velocidad. Ella me regaló un libro de atletismo y me puso a entrenar por las calles de Cold Spring: allí no teníamos pista, claro. Llegaba del colegio, dejaba los libros y me ponía a entrenar. Recuerdo la derrota más dolorosa de todas: la final de Atlanta 1996 ante Gail Devers. Técnicamente, no fue una derrota, porque nos dieron a las dos el mismo tiempo (10.94), pero no podían repartir la medalla de oro olímpica. Aquel día comprendí que ganar un oro ya no iba a ser posible para mí: tenía 36 años y mucha gente ya decía que era un milagro que aún estuviese corriendo y que ganara alguna medalla.
La mejor corredora que ha visto...
Devers. Quizá porque siempre me ha ganado. Y no sólo en Atlanta (se ríe nerviosamente).
Y la más guapa, a un lado Ottey...
Mi ex compañera en el equipo nacional de Jamaica, Grace Jackson. Quizá hubiera valido más que Naomi Campbell para las pasarelas. No recuerdo un cuerpo como el de Grace.
Los tiempos han cambiado. El dopaje parece una sombra negra que se cierne sobre el atletismo. Usted misma tuvo un positivo en 1999, que le impidió ir al Mundial de Sevilla, aunque luego la absolvieron. ¿Qué opina de todo esto?
Claramente, y en relación a 10 años atrás, hoy hay menos gente que se dopa. Veo algo de desconcierto en el sistema de control. No sé por qué se hacen tests hasta, pongamos, el número 20 del ranking, y desde ahí se deja en paz a los demás, empezando por el 21, que puede estar esperando su oportunidad. En cuanto a lo mío, no quiero ni acordarme. Sé que cuando me lo dijeron, entré en una especie de coma. Parecía que ellos no podían comprender cómo mi propio organismo podía producir niveles elevados de 19 norandrosterona. Después se demostró que era así. Y yo creo que esa misma producción de energía es la que me mantiene en estas condiciones a mi edad.
La ayudó su actual pareja, el entrenador y fisioterapeuta Srdjan Djordjevic. Con él se fue a Eslovenia, después de la que le organizaron las velocistas jamaicanas en Sydney 2000. ¿No se siente extraña en unos Juegos con la camiseta eslovena?
Pudo haber un sentimiento de extrañeza, pero eso fue al principio. Ya he competido con Eslovenia en unos Mundiales de atletismo y esta camiseta (apunta al escudo esloveno en su pectoral) ha dejado de ser novedad. Es más, si no fuera por Eslovenia y por Srdjan, por lo que han hecho por mí, quizá no estuviera ahora aquí ni compitiendo siquiera. Allí estoy bien: diseño modas, manejo una cadena de tiendas de ropa y estilismo, tengo todo para entrenarme bien y me encuentro okey. Aunque las jamaicanas me traicionaron en Sydney cuando reaccionaron contra mi presencia en el equipo de relevos 4x100, no guardo rencor: le deseo a Jamaica todo lo mejor. Es la tierra donde nací y allí sigue mi familia.
¿Qué le va a quedar al final de todo esto?
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Es curioso, pero lo pienso más y más veces: me voy a ir, cuando me vaya, como el mejor ejemplo de resistencia de una mujer en su trabajo. Una buena mujer trabajadora, vaya.
(Se ríe guturalmente, altivamente, y busca la salida de los túneles del estadio. El Estadio Olímpico. Pero estamos en el OAKA de Atenas en el año 2004, no en el Lenin de Moscú, en 1980. Ante la zancada que lanzan las piernas resplandecientes de Merlene, Merlín, Ottey, hasta el océano del tiempo se rinde).