Atenas 2004 | Atletismo

Paquillo gana una plata con sabor a homenaje

Dedica el éxito en 20 km marcha a su fallecido entrenador

<b>FELICIDAD. </b>Fernández festeja  su segundo puesto en los 20 kilómetros marcha disputados ayer por las calles de Atenas. Tras él, el ecuatoriano Jefferson, plusmarquista mundial.
Alejandro Delmás
Importado de Hercules
Actualizado a

Por el penúltimo repecho del OAKA, a más de 35 grados, Paquillo Fernández, de los llanos de Guadix, estaba rezando más que marchando. Entre la luz blanca, veía a Manolo, Manuel Alcalde, su entrenador, su amigo, muerto en mayo. De cáncer. A través de su crespón de luto, Paquillo rezaba una pequeña oración: Está ahí arriba mirándome en alguna parte, lo sé. Paquillo había hablado a solas con Manolo en todos los entrenamientos de la primavera, en el CAR de Granada, en los desiertos de Almería. Y se había metido en el gimnasio con la libreta que le dejó Manolo, la mejor herencia: Te tienes que poner fuerte del tren superior, hay que hacer mucha mancuerna, mucho giro invertido de dorsales, para aguantar la tralla de 20 kilómetros. Yo sé que a tí te gusta mucho Jefferson Pérez, pero tú tienes que ser más como Korzeniowski. A ver: yo creo que Jefferson, con lo bueno que es, puede ser batible. Pero Korzeniowski, no. Menos mal que en Atenas sólo hará los 50 kilómetros.

A esas alturas, rumbo a la puerta del Estadio Olímpico de Atenas, con el sol disparando al agujero de ozono, a Paquillo se le ponía la carne de gallina. Había marcado el mejor tiempo hasta 10 kilómetros. Hasta los 18 kilómetros, los cuatro mejores fueron guardando y guardándose: Paquillo, el australiano Deakes, el milanés Brugnetti y, cómo no Jefferson Pérez, el plusmarquista y campeón mundial, el ecuatoriano que comerá yogur gratis de por vida. Ya tiraban Deakes y Brugnetti y habían sido expulsados los mexicanos Bernardo Segura y Noé Hernández cuando, entre los kilómetros 18 y 19, un juez le sacó la segunda cartulina amarilla a Jefferson.

Jueces escondidos.

Había jueces escondidos tras las zarzas y banquetas de Maroussi. Bernardo Segura recordó aquel día de Sydney cuando perdió el título olímpico por descalificación tras haber entrado el primero en la meta del Estadio de Australia. Un hijo de Bernardo se llama Jefferson. En homenaje al gran Jefferson Pérez.

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Mientras, Paquillo quería volar. El ritmo de dorsales e intercostales era impecable: lo que Manolo le dictó. Desde el penúltimo kilómetro en el infierno de Maroussi, el paso se hizo infernal. Al poco de descolgarse Jefferson, se quedó Deakes, también con la segunda amonestación. No he visto otra carrera como ésta, diría después el australiano.

Por el blanco e-mail del ozono, Paquillo intentó conectarse con Manolo, en alguna parte de allá arriba, cerca de Guadix: A ver cómo dejamos al italiano éste. Tan concentrado iba Paquillo, que el pícaro italiano de Milán pilló unos segundos, carretera y manta. Cuando Brugnetti entró en el Estadio Olímpico, se sabía ganador. A Paquillo no le importaba: porque Manolo iba a su lado, envuelto en plata. Acabó deshidratado, curtido como un bracero andaluz. A cinco segundos de Brugnetti. Hasta el último vello lo tenía de punta. De emoción. Llegó Deakes, bronceado. Luego, Jefferson. Quinto apareció Juan Manuel Molina. A Paquillo no le salían las palabras cuando se abrazó a Molina. Le dijo esto: Me faltaba el Manolo. Pero era mentira, una mentira de plata. Porque Manolo estaba allí: con Paquillo.

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