Ciclismo | Tour 2004

Seis Tours Seis

Armstrong marca un antes y un después en la historia del ciclismo

<b>POR LOS CAMPOS ELÍSEOS. </b>Lance Armstrong repitió por sexta vez en su carrera la vuelta triunfal por las calles de París.
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Habrá un antes y un después del sexto Tour de Armstrong, y mientras escribo eso pienso si esta frase no valdrá también dentro de un año, habrá un antes y un después del séptimo Tour de Armstrong, es muy probable, aunque en el fondo es una buena noticia que su ambición sea lo único más fuerte que él, morirá matando, no nos dejará el desconsuelo de una retirada a tiempo, nos ofrecerá revancha hasta que no pueda más y entonces, ya se lo digo, nos dará un poco de pena. Imagino que un cataclismo semejante dejó el paso de Merckx por este deporte, los mismos campos quemados, idéntica sensación de que el ciclismo se estaba acabando, aunque no se acabó.

Comparo la importancia de Merckx con la de Armstrong, no los comparo a ellos, no soy tan hereje, porque el palmarés del Caníbal belga resulta incomparable, aunque yo me pregunto si visto con distancia no hubiera sacrificado otros triunfos por ganar seis Tours, siete, ocho, tal vez lo esté pensando ahora. Es verdad que Armstrong parte con la ventaja de dedicarse exclusivamente a una carrera, pero intuyo que de haber querido hubiera ganado Giros y Vueltas, eso sí, claro, a cambio de reducir su trayectoria en el Tour.

No es un pecado la especialización, no afeemos su triunfo por eso. Todos lo hacen ahora, desde Iban Mayo a Jan Ullrich. Y al americano hay que reconocerle, además, su pasión por las clásicas, pruebas en las que Miguel Indurain fue el único gran campeón que no se prodigó como debiera.

Armstrong se proclamó ayer, por sexto año consecutivo, ganador del Tour de Francia, la carrera más importante del mundo, la única capaz de situar a los corredores en la historia del ciclismo. Es así. Para celebrarlo estrenó una bicicleta dorada y tanto él como sus compañeros lucieron ribetes amarillos en sus uniformes. El americano ha introducido ese color en todo el marketing que le rodea, mucho, por cierto; esa es otra de las diferencias que le distingue del resto de campeones y que lo convierte en el primer representante de la modernidad, asunto de mérito en un deporte todavía anclado en lo peor del pasado, carente, entre otras cosas, de una asociación internacional de ciclistas mínimamente competente desde la que se luche contra médicos ventajistas y directores falsamente paternales.

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Pero hemos llegado a un punto en el que resulta imposible hablar de los éxitos sin referirse a las sombras del doping. Esa es un triste realidad contra la que combaten ciclistas como Voeckler y algunos otros, todavía pocos y aislados, aunque la aparición de los primeros focos de resistencia no hace más que animarnos. Personalmente, me niego a creer que Armstrong reciba ayudas extraordinarias por haber sufrido un cáncer, el cáncer no da alas y la hazaña que es su supervivencia no puede servir para envilecerle. Sus ayudas, si las recibe, son las mismas en las que se apoyan sus rivales directos y en las que se cimentaron los grandes campeones más próximos a él.

La etapa la ganó Boonen, un magnífico velocista que será protagonista del futuro, y McEwen confirmó su triunfo en la regularidad, una clasificación que debería premiar a corredores más completos. Virenque obtuvo su séptimo maillot de puntos y superó a Bahamontes y Van Impe. Lo de Armstrong también vale para él. Pero nada de eso tuvo mucha importancia comparado con la ceremonia que homenajeó al vencedor. La madre de Lance, la ex secretaria Mooneyham, en primer plano. En segundo plano estaba Sheryl Crow, la rockera. Al fondo, los Campos Elíseos. Imposible no rendirse a quien alcanza ese lugar y ese instante.

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