Ciclismo | Tour 2004

Armstrong vuela bajo

Sentenció el Tour con una formidable victoria en la contrarreloj

<b>COMO UN MISIL. </b>Así rodó Lance Armstrong para anotarse su quinta victoria de etapa en este Tour 2004.
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Lance Armstrong ganó su décima crono en el Tour, la quinta etapa este año, con otra exhibición aplastante y descomunal que le confirma como el mejor ciclista de la historia en el Tour de Francia, los datos en la mano y los gustos en el aire. Tal vez sus rivales no hayan sido los mejores rivales en la historia del Tour de Francia, aunque en este caso carecemos de datos fiables y nos basamos en intuiciones. Ullrich ha sido un romántico sin suerte que parece haber entrado en la decadencia que teníamos prevista para el americano y nadie más ha sido capaz de amenazar, siquiera de lejos, un reinado que ya dura seis años.

Armstrong superó en 1:01 a Jan Ullrich, en 1:27 a Kloden y en 2:50 a Basso, que pierde la segunda plaza a favor de la nueva esperanza alemana, de lo cual nos alegramos, pues el planteamiento cobarde y reservón de su equipo merecía un castigo así, o mayor. El mormón Landis, escudero del líder, fue cuarto en la crono y Julich, quinto. Cuatro ciclistas del US Postal se clasificaron entre los diez primeros, entre ellos Rubiera y Azevedo.

Dominio americano.

No ha habido un Tour con un protagonismo tan dominado por los Estados Unidos, ya sea gracias a los ciclistas de ese país (además de los mencionados, Hincapié y Lepiheimer también han sido protagonistas), ya sea por el dominio absoluto del equipo del líder, la mitad de cuyos miembros han estado por encima de los teóricos aspirantes. El ciclismo, que se abrió a América por Colombia, ha dejado de pertenecer a la vieja Europa y mejor haríamos en dejar de venerar los viejos tótems.

Por cierto, también ha servido este Tour para darnos cuenta, por si cabía duda, del efecto pernicioso de los directores del equipo que se sienten actores principales y de sus odiosos pinganillos, enemigos de la improvisación y del espectáculo, y recuerdo que es el espectáculo, y no los segundos y terceros puestos, el que atrae a la televisión y a los remisos patrocinadores. El mejor director de la carrera ha sido Bruyneel, que está completamente supeditado a las órdenes de su ciclista estrella, Armstrong, y ejerce más de telefonista que de comandante. Para pensar.

La contrarreloj continuó la historia que ha sido este Tour: una lucha por los puestos menores entre buenos ciclistas sin la grandeza suficiente. Así, además del cambio de puestos en el podio, Karpets arrebató a Voeckler el maillot blanco de mejor joven. Sólo le arrebató eso, porque el resto de premios morales se los queda el francés, una de las buenas caras de la carrera. Extraña gloria para un equipo que fue el Banesto de Perico e Indurain que su esperanza esté en manos de un ruso. Mancebo, que firmó una crono discreta, acabará sexto en la general, un puesto heroico para quien no tiene más.

Fuera el sopor.

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Pero no convendría que nos deprimiéramos, algo muy nuestro, porque ya existe el ciclista español que nos quitará el sopor y disparará las audiencias: Alejandro Valverde. Lástima que las cobardes precauciones nos hayan dejado sin él en este Tour.

Nada hizo ayer Armstrong que no fuera ganar, otra vez por goleada, pero se siguieron comentando sus andanzas. Su persecución a Simeoni, sus disputas con los organizadores y sus insinuaciones de que tal vez no corra el próximo Tour, pues no se siente bien tratado. La conclusión es que Armstrong lo ocupa todo, que corre contra sí mismo, que nadie hace sombra ni a sus méritos y a sus defectos. La culpa no es suya, el problema es que no hay nada más, nadie más, si acaso una bala verde en un estuche de terciopelo. La última bala, quizá.

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