Líder con esbirro
Basso fue el lacayo de Armstrong, que encima le birló la etapa

Es indignante el modo en el que Ivan Basso y su director de equipo, Bjarne Riis, renunciaron ayer a ganar el Tour de Francia, a intentarlo al menos, a comportarse de forma honorable y competitiva. No lo necesitaba Armstrong, ni podremos decir que ganará el sexto Tour gracias a esa ayuda. Creo, más bien, que la actitud de Basso, aunque ahorró sudor al americano, será perjudicial para el futuro vencedor porque resta heroísmo a su victoria, que en este caso se convierte en la más barata de todas las que ha logrado.
En el puerto de Echarasson, de primera categoría, a más de 60 km de la meta, Jan Ullrich fue el único que se atrevió a atacar en el grupo de favoritos. Fue una arrancada decidida y valiente, antigua, suicida, un demarraje que reivindicaba su carácter de campeón y que despertaba una carrera anestesiada hasta entonces. No era un asalto al Tour, porque Ullrich estaba (y está) a siete minutos en la general, pero ofrecía, al menos, un argumento no propuesto por Armstrong.
En la cima del puerto, la ventaja de Ullrich rondaba el minuto. Por detrás, Landis tiraba del americano, escoltado por Azevedo y seguido de Basso, Sastre y Klöden, pocos más. Mancebo se había descolgado y Voeckler llevaba media estocada. El US Postal se veía obligado a un esfuerzo suplementario y existía la posibilidad de que Armstrong se quedara sin protección, algo que podría aprovechar Basso, a 1:17. Sin embargo, el responsable del CSC no lo entendió así y se lo comunicó a Bruyneel, director del US Postal.
Por delante de Ullrich circulaban los restos de una escapada. Sólo resistían en cabeza Virenque y Rasmussen, mientras el resto de sus componentes iban perdiendo terreno. A uno de ellos, el alemán Voigt, del CSC, le ordenaron detenerse, no disminuir el ritmo y esperar, no, detenerse. Por un instante, pensamos que podría ser para ayudar a Ullrich y poner en más aprietos a US Postal. Ilusos. En cuanto fue alcanzado por el grupo de Armstrong, Voigt se puso a tirar, como un poseso. Era una alianza descarada.
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Ullrich no encontró ni una ayuda en los ciclistas que se encontraba. Aitor no pudo seguir su ritmo y Santos González, de forma inexplicable, no le dio un solo relevo, aunque beneficiaba a ambos. Cobarde Pino y cobarde el Phonak. Finalmente, el valeroso Ullrich, un ejemplo de entrega para los pusilánimes (Mayo no salió ayer), sucumbió a 25 km de Villard de Lans.
Así se afrontó la última ascensión, absorbidos Virenque y Rasmussen. Un tirón de Klöden dejó el grupo en cuatro, él mismo, Ullrich, Basso y Armstrong, estos dos últimos por delante en la última curva. Si hubiera habido pacto habría ganado el italiano, pero no hubo otra cosa que rendición incondicional, conformista y miserable. Por eso ganó Armstrong, con rabia, líder, los puños al aire, sin golpear a nadie porque nadie había salvo un esbirro temeroso de su señor.