Sharapova y Serena, en la final de los contrastes
La rusa dice: El tiempo de Kournikova ya pasó.


La primera consideración que evita descripciones es la fotografía que adorna este texto. Esa imagen ahorra palabras y demandaría un cronista excepcional, que no soy yo: alguien tan excepcional y proporcionado como los 1.83 metros de Maria Sharapova y sus 46 golpes ganadores contra los 26 de Lindsay Davenport. Ustedes mismos...
Lo segundo es una cita textual de la misma Sharapova: Anna Kournikova es mi compatriota, no mi camarada. El tiempo de Anna ya ha pasado y ahora ya es el tiempo de Maria. En inglés: It´s no more Anna Time, now it´s Maria time.
Tercera reflexión: ahora veremos el hambre de victoria que queda en Serena Williams, hija del gueto de Compton. A juzgar por lo rolliza que está la fiera de mi niña, hambre, lo que se dice hambre, no debe tener. El instinto asesino está demostrado, pero ese instinto no es muy compatible con estómagos llenos.
La cruz de Nike.
Una preciosa crucecita ortodoxa de oro purísimo, que asomaba por el no menos precioso desfiladero pectoral de Sharapova presidió la primera semifinal. La BBC se detenía obsesivamente sobre la cruz de Maria, especialmente resaltada por el vaporoso modelito Nike. Casualidad: trajecito prácticamente idéntico al de Davenport. Pero la audiencia no pudo saber qué había sobre el pecho pecoso de Davenport: la señal de la BBC era Señal Sharapova. Ingleses morbosos.
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Hasta las fuerzas de la naturaleza conspiraron contra Davenport. It´s Maria Time: la lluvia acudía cuando Maria la necesitaba. Los parones cortaron el ritmo de Davenport, casada, pesada, veterana. Hasta que explotó el revés de Sharapova, 17 años, novia de Rusia, hija de un ex empleado de Roman Abramovich. Claro que Yuri Sharapov ya reside en Florida, con su hija, su mujer... y con Nick Bollettieri.
Luego, Serena, rolliza y fiera, se batió a muerte con Mauresmo, contracturada por su pedazo de espalda. Aullando, Serena sobrevivió como pudo. Ave, Maria.