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Lissavetzky: "En el doping, quien la hace la paga"

El máximo dirigente del deporte nacional refuerza su compromiso contra el dopaje

<b>Los Juegos de Atenas</b>. "No haré previsión de medallas, pero estamos bien preparados".
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Jaime Lissavetzky Díez (Madrid, 1951), doctor en químicas, secretario de Estado para el Deporte y apellido con argumento de Spielberg: su padre, nacido en Kiev, huyó de París cuando los nazis tomaron la ciudad y viajó hasta España, donde fundó su nueva familia. Lissavetzky (hijo) asistió ayer al Foro Fundación Ferrándiz-AS, dos meses y nueve días después de estrenar cargo y cuando restan 46 días para la inauguración de los Juegos de Atenas. Acudió con una carpeta que rebosaba datos, el escudo del recién llegado, y vistiendo chaqueta blazier de comunión, camisa azul florentino y pequeño nudo de corbata que delata a los que no presumen de nada, especialmente de corbatas. No obstante, lo que más llama la atención de su presencia es el talante, el famoso talante, la cercanía, el tuteo que iguala, no el que rebaja, arrogancia cero en cuanto sale del coche oficial, cristales tintados.

Además de someterse a las preguntas de periodistas incisivos (incluso molares), Lissavetzky se presentó ante un auditorio abarrotado y un público compuesto, en su mayoría, por adolescentes deportistas del Canoe; tampoco faltaron presidentes de federaciones y otras personalidades del mundo del deporte.

Como es tradición, Pedro Ferrándiz, anfitrión y mariscal en la reserva, presentó al invitado, al que agradeció el apoyo recibido para la creación de la Fundación cuando esta no pasaba de utopía, ayuda que facilitó sin hacer preguntas, con absoluta fe en el proyecto, en su favorable condición de Consejero de Cultura y Deportes de la Comunidad de Madrid (1985-1995).

Lissavetzky, que agradeció el halago, recordó la revolucionaria autocanasta de Ferrándiz (con un pequeño baile de datos: la vuelta era la ida) y señaló que ante un personaje tan admirado no cabían preguntas a la hora de prestarle ayuda. Quizá temió entonces que alguien tan innovador pudiera inventar la autosubvención.

En su pequeño discurso, que no lo fue tanto (habla deprisa), Lissavetzky resaltó la importancia del debate y la reflexión (famoso talante) y se centró en el reto olímpico. Respecto a la previsión de medallas, no ejerceré de Rappel, pero hay previsiones basadas en datos estadísticos que nos hacen ser optimistas. No alcanzar las once medallas de Sydney sería un retroceso. Pero estamos bien preparados.

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Desde el CSD, queremos estar en máximo contacto con los deportistas. He tenido la oportunidad de ver a muchos. Seguiremos apoyando el plan ADO, que pretendemos extenderlo a los Juegos de Invierno y quizá a los Paralímpicos. Y esas visitas no son para hacerse la foto, sino para transmitir un triple mensaje: juego limpio, apoyo de los jefes de equipo y dejar claro que los Juegos no son un premio sino un derecho que obliga a ser ambicioso.

Para lograr los objetivos propuestos, la lucha contra el doping es un asunto prioritario. Seremos beligerantes y crearemos un Plan Nacional Antidopaje. Este año habrá 8.000 controles, mil más que en 2003. Todos los olímpicos tendrán al menos dos controles y serán por sorpresa. Nos jugamos el nombre de nuestro país. Además de la prevención y del control, será necesario un cambio legislativo para perseguir a quienes trafican y distribuyen. En este sentido nos gusta más el modelo francés, que penaliza a traficantes y distribuidores, que el italiano, que también penaliza al deportista. En el doping, quien la hace la paga.

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