Madrid enciende su ilusión olímpica
El fuego ardió algunas horas en la ciudad candidata a los Juegos de 2012.

La llama sagrada aterrizó en Madrid procedente de Londres en un avión de nombre extranjero y mítico (Zeus, el dios de los dioses griegos). Y lo hizo tristemente encerrada en una especie de candil que hacía poco honor a la leyenda del fuego olímpico, y que Alberto Ruiz-Gallardón, el alcalde, transportó suspendiéndolo de su mano derecha con la mayor dignidad municipal de que era capaz. El fuego procedente de Olimpia ha viajado a lo largo de la Historia (que se inicia en Berlín 1936) por tierra, aire y mar, y no sólo en barco, sino portado por submarinistas, en la barrera de coral australiana, camino de Sydney. Pero nunca se había desplazado en metro. Madrid tuvo que ser. de Barajas a Nuevos Ministerios.
Cuando el alcalde emergió de las profundidades, candil en mano, se lo entregó, bajo un sol que ya comenzaba a ser implacable, a Manel Estiarte, un genio del waterpolo, un pez fuera del agua que se sentía muy cómodo con el fuego en la mano, ahora ya liberado de su cárcel, flameando al viento.
Se inició la carrera, en la que participaron 30 relevistas, 23 designados por el Ayuntamiento y siete por los patrocinadores del fuego: Juan Carlos Rodríguez, Jimmy Castro, Inmaculada Galván y Salvador Gamarra (Coca-Cola) y Fernando Romay, Matías Prats y Álvaro de Marichalar (Samsung). Al principio no hubo mucho fervor popular, pero la animación subió de tono a medida que la llama avanzaba (muy lentamente, hay que reconocerlo) hacia la Puerta de Alcalá.
Allí, el Príncipe encendió el pebetero y la llama ardió durante algunos minutos. Luego volvió a su cárcel, el candil, y viajó a Barcelona, camino de Atenas.
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Oye, macho, devuélveme la antorcha
El gracejo gaditano de Kiko es entrañablemente incompatible con el protocolo. Ayer se vio por unos momentos sin su antorcha de recuerdo, porque al ser el último relevista, se la tuvo que entregar al alcalde para que éste la hiciese llegar al Príncipe. Todos los del relevo la tienen, menos yo, así que voy a acercarme al Príncipe y le voy a decir Oye, macho, devuélvemela. Cuando se acercó a don Felipe, suavizó el tratamiento. Me darás la antorcha, ¿no?. El heredero de la Corona se la devolvió entre risas. Tendré que pedir una de recuerdo, contestó. Y es que sólo había 30 antorchas, para cada relevista. Por cada una el Ayuntamiento pagó 305 euros a los organizadores.
