Montecarlo tiene bula
Los Fórmula 1 corren una barbaridad, por encima de los 300 kilómetros por hora, y aún podrían correr más si dejaran a los ingenieros aumentar la potencia de los motores. Pero no les dejan por la seguridad de los propios pilotos. Esta seguridad también está presente en todos los circuitos, obligados a cumplir cada vez mayores exigencias de homologación, lo que supone que todas las curvas tengan escapatorias para minimizar los riesgos de accidente. La normativa es clara en la Fórmula 1 para que sus pruebas no se conviertan en una carrera de locos: si no hay seguridad, no hay carrera. Esto se cumple a rajatabla... menos en Montecarlo.
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Montecarlo no tiene un circuito adecuado para hacer carreras. Bueno, por no tener no tiene ni circuito. La carrera se desarrolla por las calles por donde los coches apenas tienen ocasión para meter la cuarta. Las calles tampoco tienen arcenes, por lo que si un coche se sale no tiene la más mínima oportunidad de rectificar, pues se estrellará contra las vallas de protección. Si en el Gran Premio de Montecarlo no se producen más accidentes es porque los pilotos son unos conductores sensacionales. Nada menos que los mejores del mundo. Y también porque allí son especialmente prudentes. Son conscientes de que ese día se juegan la vida.
Sin embargo, a todos les gusta correr en Montecarlo. Será por el encanto, por la tradición, porque es la carrera más vista o, quizá más que por ninguna otra razón, porque en Montecarlo corre el piloto, no el coche. Allí la mayor parte de la carrera transcurre sin que los motores puedan alcanzar su máxima potencia. Las oportunidades de ganar se igualan más que en ningún otro lugar. Sólo hay que apurar y conducir como los ángeles. Nada más que un pero. Quien sale primero tiene toda la ventaja, porque los adelantamientos son imposibles. Mas no para todos. Alonso, cuando competía en Fórmula 3.000, acabó sexto saliendo el último. Ahí nació el mito.
