El secreto de Sete es el supermotard
El líder de MotoGP se machaca así en el invierno: "Me sirve para no perder la forma y simular situaciones límite que se dan en las carreras"


Sudoroso, con el rostro y la voz marcados por las secuelas de los 38 grados de fiebre pese a los cuales había conseguido su segunda victoria consecutiva en MotoGP, Sete Gibernau comparecía en la sala de prensa de Le Mans. Allí reveló que el secreto de su éxito radica en el gran trabajo de pretemporada hecho en invierno, remarcando la importancia de la práctica de supermotard.
Así de sencillo. Nada de despampanantes giras asiáticas; sólo machaque físico en el gimnasio aderezadas con divertidas sesiones de gas entre amigos antes de la llamada a filas de Honda. ¿Qué es el supermotard? Una espectacular disciplina motociclista que se practica, dicho sin entrar en detalles, con motos de campo provistas de neumáticos de carretera. Con ellas los pilotos se deslizan sobre el asfalto con la misma armonía con la que se baila un valls.
Vital para el español. Sete siempre dice lo vital que le resultan sus sesiones en la pista barcelonesa de Can Padró: "Hacer supermotard en invierno me viene bien porque me sirve para no perder la forma. Además, se dan situaciones límite similares a las que vivimos en carrera cuando los neumáticos se deterioran con el paso de la carrera". Daniel Pedrosa es otro asiduo y suele coincidir con Sete en el circuito. Rubén Xaus, el del equipo Ducati DAntin, es puro espectáculo cuando lo ensaya.
Basta charlar un rato con el firme líder de MotoGP sobre esta disciplina para entender fácilmente dónde estriba la clave que lleva a cualquiera de los pilotos profesionales a adquirir una buena técnica de conducción a la hora de subirse a estos bichos.
"Antes de llegar a la curva, hay que apretar fuerte el freno delantero para, inmediatamente después, cruzar la moto sin necesidad de cortar gas durante el paso por curva. Eso se hace accionando con el pie izquierdo la palanca del freno trasero, teniendo un buen tacto con el puño del acelerador y contravolanteando".
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Trasladado al mundo de las cuatro ruedas, pilotar una supermotard es lo más parecido que hay a conducir un coche de rallys, así que nadie lo intente fuera de una buena pista porque incluso los profesionales se hacen daño a veces con este hobbie.
Su velocidad máxima no suele exceder los 130 por hora, pero las enganchadas de la rueda trasera les lanzan a veces por orejas. Así se lesionaron hace tres años Crivillé y Alzamora y, el pasado invierno, Pablo Nieto. Sete domina más, tanto que hace dos años ganó a especialistas como Chambon en Madrid.