Un final y un principio
El Madrid deja la Liga al Valencia, tras estrellarse tres veces con los palos. El Depor ya sueña con la Champions

Hay verdades irrefutables: el orden que gobierna tu vida es equivalente al orden del maletero de tu coche. Si tienes triángulos, chaleco reflectante, fusibles de repuesto, paraguas y linterna, todo ello bien colocado para que no bambolee en las curvas, eres una persona metódica que se maneja con cierta seguridad y proyección. Si en lugar de lo dicho acumulas mantas de Iberia, una esterilla, una muda (ajena), los cedés sueltos, una raqueta, un bote de dos litros de líquido de frenos y la guía de parques naturales del 74, tu existencia se presenta un tanto incierta, más expuesta. Algo hay de esto en el Madrid y algo de lo otro en el Deportivo, el primero reflejo de la improvisación que ahora se paga y el segundo exponente de la previsión que ahora se cobra.
El Deportivo derrotó al Madrid, más que por el peso del partido de ayer por el peso de todo lo anterior, lo que tiene que ver con la programación, el reparto de minutos y la confección de una plantilla rebosante con dos buenos futbolistas por puesto y un entrenador razonable. Eso fue lo que inclinó el choque, ese factor de corrección que después de toda una temporada deja a cada cual en el lugar que se merece, ya no importa quién chute más a puerta, ni los tiros al palo, te mueve el destino, al final poco importa hacia dónde remes.
Esa riqueza de futbolistas fue lo que impidió que el Depor se distrajera pensando en la Champions y, en su reverso, esa carencia de banquillo fue lo que volvió a condenar al Madrid, exhausto en la segunda parte, incapaz de levantarse después del primer golpe, un gol a la contra que fue un puño inesperado, primero el gancho de Sergio y luego el derechazo de Tristán.
Aquello descompuso al Madrid, un equipo incapaz de asumir el infortunio. Poco después, Zidane se autoexpulsó, una curiosa forma de suicidarse en la que disparó a su equipo, ya se lo hemos visto alguna vez. Fue la impotencia del que se sabe magnífico y es incapaz de demostrarlo, algo parecido al terror que asalta al escritor frente al papel en blanco, el mismo desconcierto ante la inexplicable ausencia de musas, de ingenio.
Y hace ya algún tiempo que al poeta Zidane no se le ocurre ni una mala metáfora (tus ojos son luceros, o algo así) y lo que antes le fl uía de forma inconsciente, ahora, cuando es meditado, se convierte en vulgar, en un enredo. Esto le ha pasado a artistas de toda época y condición, incluso a Serrat, que cantaba aquello de que "no hago otra cosa que pensar en ti y no se me ocurre nada...".
Cuando Zidane falla repetidamente, cuando alguien tan exquisito entra en una temporada de torpeza, es imposible no exagerar la pena y la nostalgia, porque aunque se trate de una crisis pasajera, siempre se teme eterna. Pasaba con el Elvis de los últimos tiempos, el ballenato de los pantalones de campana y las patillas de bandolero.
Zidane, al que antes ya le habían perdonado alguna tarjeta, vio la segunda amarilla por una entrada por detrás en la que placó a Djalminha con una tijereta absurda. Fue como tirarse por el viaducto pero sin nota de despedida. Era un momento de locura, casi colectiva, Riazor coreando olés y los madridistas desquiciados, especialmente Beckham, al que no hace falta mucho jaleo para que le salga la vena hooligan.
Lo cierto es que no merecía el Madrid un castigo tan exagerado, lo mismo dijimos frente al Barcelona, y lo mismo sucedió anoche. En este caso no fue una hora de buen fútbol, sino media, pero sufi ciente para hacerse merecedor de lo mejor que fuera a pasar. Y no crean que el Depor era una doncella, ni mucho menos, sino un adversario fantástico, lo que daba más mérito al trance.
A los cinco minutos, el renacido Cambiasso (los apellidos no son casuales) disparó al palo. Inmediatamente después, Salgado rozó la escuadra con un chutazo. Y sin tiempo para recuperar las pulsaciones Ronaldo mandó el balón al poste, luego Raúl. Cada incursión dirigida por Figo, fabuloso otra vez, secundado varias veces por Roberto Carlos.
Pero sigo pensando que toda la suerte que acumuló el Madrid en la primera mitad del campeonato se vuelve ahora en su contra. Fueron demasiadas jornadas viviendo de los ramalazos de Ronaldo y los milagros de Casillas, sólo eso. Ahora, sin su inspiración, se descubren todos los males, la falta de plan, de defensa, de forma física, de entrenamientos, la alarmante crisis de Raúl.
Queiroz, que intuye que fue bonito mientras duró, que está encantado de haber participado en este concurso, sustituyó en la segunda parte a Beckham por Solari y a Ronie por Portillo. Más que un par de cambios fue un hara-kiri público, un modo de morir recuperando la dignidad, intentándolo al menos, también hubiera podido rociarse de gasolina y hacer el bonzo, junto al fi el Peseiro, amigos y residentes en el paraíso.
Becks susurró algo cuando llegó al banquillo, no se sabe qué, sólo se le entendió "Ferguson". Y Ronaldo le dio la mano al entrenador, como diciéndole adiós, te invitaré a mi cumple.
Y el Deportivo, que fue zarandeado en los primeros minutos, terminó por hacerse el dueño, por sentirse campeón, con esas maneras que tienen los equipos que se encuentran seguros, cerca de algo muy grande, no es difícil sentirse así con una pareja de centrocampistas como Sergio y Mauro Silva, dos futbolistas que juntos componen el medio perfecto, la trinchera y el cañón.
El segundo gol, de Capdevila, fulminó al Madrid. Fue una falta ensayada, indirecta, un obús de los que antes paraba Casillas y ya no, pero no podemos culparle de no ser Supermán todos los días. Apenas recuerdo si hubo más, sólo se me han quedado las cosas de Tristán, un tipo que se comporta como un torero medio arrebatado, capaz de lo sublime y lo tedioso, un incomprendido que celebra lo goles medio indignado, como si gritara ¡a ver si os enteráis!
Nada aportó la salida de Solari ni tampoco la de Portillo, nada se le puede reprochar en este último caso, el muchacho necesita más un diván que una oportunidad, lo mismo vale para Mejía, central revelación arrinconado en el olvido, o Borja, promesa que ha terminado por devorar Cambiasso, y con razón.
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El consuelo del madridista es que cuanto mayor sea la catarsis, la catástrofe, mayor será la reconstrucción, poco hubiera ayudado un final de Liga que hubiera maquillado las enfermedades del equipo y los errores del concepto, es imposible vivir de un puñado de jugadores de talento a los que no se da un descanso y se rodea de jóvenes sin experiencia. No sería descabellado que un entrenador planifi cara la temporada repartiendo escrupulosamente minutos, de forma que los no titulares fueran conscientes de su papel y de su importancia, que sería mucha. Tal vez así tendría cabida Morientes, por poner un ejemplo, u otros futbolistas similares.
El ánimo del deportivista es que la segunda versión de su equipo fue capaz de tumbar a los galácticos con su simple presencia y quien logra eso no debe temer al Oporto ni a quien venga después. Y vencidos de antemano todos los rivales, sólo queda uno, tú mismo. Qué bien lo sabe el Madrid.