Una final que es un despropósito
Todo acontecimiento deportivo tiene mucho de fiesta. No digamos ya una final. Los propios protagonistas, los jugadores, son los primeros en agradecer el ambiente festivo y colorista que proporcionan las aficiones con la expresión de sus sentimientos y emociones. Este entorno que se crea es, precisamente, una de las señales de identidad del deporte. No cabe imaginar una gran final a puerta cerrada, una gran final a donde las aficiones no puedan viajar, una gran final en la que sólo tenga cabida una sola afición. No sería ni justo ni bonito. Seis meses compitiendo los equipos por una final, para que luego sus aficiones no puedan disfrutarla.
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Por esta razón, una final nunca se concede a cualquier ciudad. Cada deporte elige cuidadosamente la sede de su final para que nada estropee el fin de fiesta. Ni la organización, ni la infraestructura hotelera, ni la seguridad. La Euroliga de baloncesto, que es una competición privada comandada por los rectores de nuestra ACB, escogió como sede de la Final Four de este año Tel Aviv. Es una ciudad moderna, con tradición baloncestística, con un buen equipo capacitado para llegar a la final, pero obligada a adoptar medidas extremas de seguridad. Tal es así que el Pamesa se negó a viajar a Tel Aviv para enfrentarse al Maccabi y se dio por autoeliminado de la final.
El deporte no tiene sentido si un equipo debe ser escoltado por el ejército y recibe la recomendación expresa de que ningún jugador abandone el hotel. Tampoco lo tiene si las aficiones, temerosas de un atentado, no quieren acompañar al equipo. La Euroliga tuvo la ocasión de cambiar la sede de la Final Four a raíz de que el Pamesa no quisiera jugar en Tel Aviv. Hubo ciudades que se ofrecieron a sustituirla. Pero la Euroliga dijo que no. Resultado: las aficiones del Siena y del Bolonia no han viajado a la gran fiesta del baloncesto. ¿Para qué? ¿Para pasar cuatro días en estado de máxima alerta? ¿Qué fiesta es esa? El baloncesto, de verdad, se lo están cargando.
