El precio de la fortuna
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No hace mucho, un lector me culpaba en una carta de ser excesivamente duro con el entrenador del Real Madrid y demasiado complaciente con los jugadores, según él, los principales responsables de los malos resultados. También tengo constancia de que el técnico está ligeramente dolido conmigo por escribir, entre otras cosas, que el cargo le tocó en una bolsa de magdalenas (leve exageración por lo que creo falta de méritos y experiencia) o que su trabajo es mejor que un sueldo Nescafé: dos horitas al sol entrenando a los muchachos y las más de las veces sin entrenarlos.
No tengo nada personal contra Queiroz, ni me une relación alguna con Del Bosque. Entiendo, simplemente, que quien entrena al Madrid, quien tiene la fortuna de contar con el mejor equipo del mundo, debe aceptar una mínima servidumbre. Con esas cartas no vale gemir, ni quejarse de los árbitros, ni de las críticas, ni lamentar que cuando el Madrid gana es mérito de los jugadores y cuando pierde culpa del entrenador. Pues claro. Ese es el mínimo precio a pagar, correspondido, creo, con un sueldo digno y un estimable reconocimiento social, las tibias intactas. Y no tengo dudas de que los futbolistas ayudan poco y de que el club permite mucho. Pero no habría gloria alguna para los toreros si los toros no tuvieran cuernos. Y toco madera.