Jesús Manzano es de mi pueblo, de Zarzalejo, y tendrá, como mucho, dos o tres años más que yo.

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Le conozco de vista y por terceras personas, pues ya se sabe que en los pueblos pequeños nos conocemos todos. A este chico le podías ver siempre montado en una bicicleta; cuando yo bajaba a por el pan, él pasaba en su bici; cuando salías a la plaza, él seguía con su bici; cuando ibas al polideprotivo... él y su bici. Le faltaban campeonatos para apuntarse por la zona, por todos los pueblos de alrededor. Les aseguro que no he visto a nadie tan ilusionado con un regalo como lo estaba aquel chico rubio, con su carita de buena persona, cuando salía de su casa y volvía a ver su bici de carrera.

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Más tarde me dijeron en Zarzalejo que por fin alguien importante le había visto en las innumerables carreras de pueblo a las que acudía casi cada fin de semana, y le habían cogido en un equipillo amateur, no recuerdo su nombre, pero sé que era algo así como el filial de un equipo grande: otro alegrón para su cuerpo y para su carrera. Pero todo esto no fue nada comparado con el día en el que se enteró de que iba a correr en el Kelme: por fin se había cumplido su sueño, el sueño de cualquier chavalín que se vuelve loco cada vez que monta en bicicleta: correr en un equipo profesional.

Pero un año ves en el Tour que aquel chico que llevas conociendo desde pequeño desfallece subiendo una rampa... y una mañana lees algo en AS y te das cuenta de por qué pasó todo. Le habían hecho meterse de todo: EPO, insulina, infiltraciones en la rodilla cada día, corticoides, hemoglobina reforzada, transfusiones... ¡de todo! Y es así, tristemente, como te das cuenta de cómo funcionan las cosas en el ciclismo.

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