Ni UEFA ni gaitas
El Celtic cortó el camino del Barça a Göteborg. Los blaugrana fueron incapaces de marcar en 180 minutos

Barça, Barça, Barça, la copa nos espera, todos a Göteborg, luchemos hasta la final. La canción de Abba Gimme, gimme, versionada por una cantante catalana, intentaba contagiar entusiasmo y se las prometía muy felices en esta Copa UEFA. Pero no contaban, ni ella ni nadie en el Camp Nou, que el Celtic le pusiera música de gaitas a ese camino triunfal, para acabar convirtiéndolo en un sendero sembrado de vidrio molido. En él pinchó el Barça, incapaz de marcar un gol en los 180 minutos que duró la eliminatoria de octavos de final, y el gran objetivo del Primer Proyecto Laporta, ganar un título, se ahogó en los ríos de cerveza que se encargaron de consumir los miles de hinchas escoceses durante su feliz paso por Barcelona.
La impotencia se apoderó de un Barça que ya sufrió en la ida (1-0), pero que anoche ni siquiera tuvo un nueve que llevarse a la boca, sancionado Saviola y convaleciente de su larga lesión Kluivert. Como la Real Sociedad el pasado domingo, aguantó el Celtic gracias a un planteamiento defensivo (tal vez le quepa incluso el prefijo ultra, porque a Víctor lo vio desde lontananza) y desnudó otra vez las carencias atacantes del equipo de Frank Rijkaard. Desde el paso por el banquillo de sir Lorenzo Serra Ferrer, que fue incapaz de hacerle un gol en 180 minutos al peor Liverpool de la historia, no se vivía semejante ejercicio de impotencia ofensiva. Y sólo hay otro precedente de una eliminatoria europea en la que los blaugrana no consiguieran goles, también en la Copa UEFA, la edición 1987-88, contra el Bayer Leverkusen alemán (0-0 y 0-1).
La eliminación también marca un hito en la trayectoria continental del Barça: desde su caída en los octavos de final de la Recopa en la campaña 1989-90, ante el Anderlecht belga, no se vivía un fracaso comparable al de anoche. Ni las patéticas veladas de Louis van Gaal en su paso por la Champions League valen para el cómputo. Rijkaard, mal que le pese, llevará la marca de lo ocurrido este jueves 25 de marzo de 2004 mientras habite en el vestuario del Camp Nou.
Para colmo, cuando encontró la portería del Celtic que fue en contadas ocasiones, el Barça topó con un chico de 19 años llamado David Marshall, guardameta suplente de los verdiblancos, inspiradísimo desde el minuto uno, cuando le manoteó una pelota a Gerard dentro del área chica, hasta el pitido final.
En él, en dos líneas de contención inagotables, en el central de dos metros Varga, en el empuje de Agathe, en su orgullo católico y en su conciencia de conjunto peleón y poco más, el Celtic puso los cimientos del triunfo. Y le dio igual que enfrente estuviera el gran Barça, la magia de Ronaldinho, un Camp Nou que tampoco esta vez se llenó (¿lo hará alguna vez que no venga el Real Madrid?) y lo que quisieran ponerle por delante.
Sin Puyol. La machada le duró media hora al bravo defensa catalán. Su cadera izquierda dijo basta después de algunas carreras y varios escarceos con Sutton y Larsson. Puyol se echó la mano ahí donde hacía pupa y pidió el cambio. Se fue ovacionado, porque lo de la afi ción con él ya es como el amor, que no sabe de razones; haga lo que haga, poco o mucho, incluso nada, Puyol siempre será aplaudido. Entró Márquez y el asunto no cambió de inmediato, aunque la ausencia de Pulmón, perdón, de Puyol, generó un efecto parecido a un temblor en el patio trasero del Barça.
Nunca se sabrá qué habría pasado si el Celtic, en lugar de ser ese grupo de animosos muchachos que se dejan un trozo de pierna o un premolar en cada pelota dividida, fuera
algo más parecido a un equipo de fútbol al estilo continental. O que tuviera arriba, en lugar del torpe Sutton o el veterano Larsson, un goleador capacitado para sentenciar en un contraataque. Lo cierto es que así, tal como es, con lo puesto e incluso con las bajas de su portero titular Douglas y de su defensa-armario Balde, se las arregló para frenar al enrachado Barça. Un Barça que se empeñó en entrar por el centro, que no abrió el campo con Luis García, que jamás encontró a Luis Enrique porque ya hay poca cosa que encontrar en él y dependió en exceso de lo que pudiera hacer Ronaldinho, maniatado entre las dos líneas de contención dispuestas por Martin ONeill, el entrenador escocés. Desquiciado, mostró un perfi l de su personalidad desconocido desde que vive en blaugrana: protestó al árbitro, le dio un feo pisotón en un muslo a Thompson y acabó tirado por el suelo, sufriendo en sus carnes los males de todo el equipo.
Nunca supo el equipo de Rijkaard ponerle al partido otro ritmo que no fuera el de un caballo desbocado. Y eso le fue de perlas al Celtic, que otro argumento no tendrá, pero músculo, sudor y pulmones tiene para dar y regalar. En tanto ímpetu se ahogó Xavi, se arrimó pero no pudo Gabri, chocaron Luis García y Overmars, se estrelló el Barça entero. Y ni en los córners, una decena a favor, encontró el consuelo de un cabezazo, una volea, un mísero rebote que mandara la pelota adentro y forzara la prórroga para otra noche mágica.
El Barça, como preveían los más agoreros, chocó contra el muro de gaiteros y se quedó sin Copa UEFA. Demasiado pronto. Cuando el Camí a Göteborg que vendieron los del márketing apenas estaba en la mitad.
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