Volvió el ángel
Ronaldo encarrila la victoria del Madrid. Se adelantó el Mónaco. Marcó Morientes. Figo, soberbio

Estaba a punto de analizar el resultado, de lamentar el gol de Morientes, de advertir del peligro del partido de vuelta, de asustarles un poco, que si el 2-0, que si un mal día lo tiene cualquiera y que si las carga el diablo. Pero es que no me lo creo. Lo mejor para el Madrid no es el marcador, que no está nada mal. Lo mejor es el resultado moral del combate, la comparación con el adversario, animoso y técnico, pero abrumadoramente vulnerable, un buen equipo pequeño de carácter monegasco.
Quizás Giuly, que es un gran futbolista microscópico, defina mejor que nadie lo que es el Mónaco, un tenista en el ring, un conjunto excesivamente fino, tal vez contagiado por su entorno de yate y Ferrari, por su país de pin y pon. Por eso no tiene mucho sentido decir que el Madrid pudo sentenciar la eliminatoria, porque no es esta una oportunidad perdida, sino aplazada. Se vio en la forma en la que acabó el Mónaco el partido, los muchachos con cara de resignación, un tanto acomplejados, deseando cambiarse la camiseta con Zidane, sin saber si el resultado era bueno o malo, con sensación de haber recibido una paliza. Se comprobó poco antes cuando Morientes acortó distancias y no se vio ni un gesto de rabia, ni una mirada de fe, fue más un gol del honor que de la esperanza.
Y eso que el Mónaco se puso por delante y eso que lo hizo en el filo del descanso, sin dejar tiempo para la reacción, y eso que fue con un churro, que siempre duele más. Pero ni así fue capaz de agazaparse, de ser malvado. Es demasiado peligroso tener las inclinaciones del Madrid y no ser el Madrid, sobre todo cuando se tiene al Madrid delante.
Fue un encuentro en el que hubo para todos. Para Ronaldo, que provocó un penalti, marcó su gol, devolvió la alegría al equipo y salió del campo con el Bernabéu coreando su nombre. Nadie necesitó menos carreras para enamorar a esta afi ción. También hubo para Morientes, al que para ganarse la ovación le bastó un cabezazo en el que se merendó a Pavón y que festejó sin fi esta, los dedos al cielo. Hubo, cómo no, para el Madrid, que se siente en semifi nales, y hubo incluso para el Mónaco, que fue un fiel spárring y que todavía se cree vivo, aunque no lo esté.
El comienzo del Madrid fue de los que provocan debate. Para muchos de los que me rodeaban fue insustancial, más un ejercicio de estética que de contundencia (como la última película de Almodóvar), juegos florales, gabardinas sin gambas. No obstante, quien esto escribe vio un buen partido, con el Madrid ligero, rápido, interesado, con esa actitud que le defi ne en la Copa de Europa.
Es verdad que las mil triangulaciones y que la media docena de internadas de Figo no encontraban un buen remate, pero el equipo llegaba con facilidad y con cierta alegría. Y la alegría, en quien parecía triste, es algo que hace perdonar cualquier pecado, llámense imprecisiones de Guti o tembleques en defensa. Además, lo bueno se sobreponía a lo que no lo era tanto. Por ejemplo, Beckham volvía a ser el centrocampista imponente de pase largo, del arco y las flechas. Mejía, reubicado como lateral izquierdo por lesión de Bravo, se confi rmaba como un tipo maravillosamente descarado, corriendo la banda como si no hubiera hecho otra cosa en los últimos diez años. Hasta Ronaldo, que no las olía, daba la sensación de estar bailón.
¿Que si el Mónaco llegó al área del Madrid? Naturalmente. Casillas hizo un milagro y Salgado sacó una bajo palos, lo habitual, no importa la talla del adversario. Y la mayoría de los sustos, como ya se sabe, se generaron con balones a balón parado; así fue el gol visitante, un córner de morirse del miedo y un rechace que no sacó nadie, mil indios al acecho.
A los cinco minutos de la reanudación, el Madrid empató de gol extraño que algunos atribuyen a Helguera, otros a la colleja de Pavón y varios a uno que pasaba por allí. Pese a estar dominado, en lugar de encerrarse, el Mónaco seguía muy estirado, principesco, esto es lo que tiene el carácter monegasco.
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El segundo tanto lo consiguió Zidane después de una gran jugada que enlazó con Figo, que estuvo otra vez soberbio, ya no lo vamos a vender, era broma. El tercero lo provocó Ronaldo, Squilaci no pudo soportar tantas bicicletas. El penalti lo lanzó Figo, lo rechazó Roma (todos lo caminos conducen a él) y lo volvió rematar el portugués con la cabeza. El cuarto, el que hundía al Mónaco, lo consiguió Ronaldo de tiro cruzado, un gran gol y después una sonrisa como la de un delfín, no hay en el mundo un futbolista tan antidepresivo, un jugador con tanta capacidad de arrastre sin empujar apenas.
Morientes marcó y Zidane rozó el quinto. Fueron jugadas para la galería y para terminar contentos, para darle emoción, para aplaudir al delantero que se marchó porque sobran aplausos y porque ya se calientan las manos para recibir al Arsenal de Henry, nada habrá que temer en el partido de vuelta, nada de qué preocuparse, en cuanto se acercó un poco el Real Madrid descubrió que Mónaco, en realidad, era Liliput.