Final emocionada
Los 54.000 aficionados fueron un solo hombre en el recuerdo de las víctimas

De Belver de Cinca a Tomelloso, zaragocistas o madridistas, ¿qué más da? Ultrasur o Ligallo. Los 54.000 que desafiaron a la humedad de Montjuïc se convirtieron en un solo hombre para el recuerdo de las víctimas de los atentados de Madrid. Fue un rezo más que un minuto de silencio. Alguno se lo perdió, una pena. Andaba metido en el caos circulatorio en los alrededores del campo. Maldita montaña.
Una vez sensibilizadas las almas, el debate de la grada discurrió entre olés y un cierto choteo entre aficiones. Ni un insulto, sólo risas ante los errores ajenos... hasta que llegaron los goles. Ahí empezó lo duro. Crespones en las miles de banderas españolas, cuatro barras en el bando aragonés y mucho morado en el del Madrid. A ojo, parecía haber más merengue que zaragocista.
Montjuïc es algo especial. Enamora pero a la vez destroza a cualquiera. Esa teoría la compartieron todos los que ayer gozaron de un día amable en el centro de Barcelona y que confiaron su suerte a una chaqueta de primavera. Bocadillos y buena música (de Ana Belén a George Michael) amenizaron la velada.
Los quince minutos del descanso fueron los más jugosos. "Alé, Zaragoza, alé" en un lado y silencio sepulcral entre los teóricos favoritos. Los pasillos zaragocistas eran una boda. Besos, abrazos, risas por debajo del bigote. El fútbol y las finales tiene eso, momentos de amor. Ayer no hubo odio.
Pique en la autopista. La convivencia diurna entre las aficiones fue magnífica. Se les vio coincidir en la Plaza Catalunya (lo peor fue un cruce entre ultras y algunos árabes habituales del lugar) y también en las floreadas Ramblas. La llegada a Barcelona de todos los aficionados fue como un goteo incesante. Dicen que las imágenes más curiosas se vivieron en las múltiples áreas de servicio que hay en la autopista entre Zaragoza y Barcelona. Piques con sorna en las colas de los bocadillos, en el kiosko mientras pasaban las páginas de AS... Incluso en el peaje de Martorell, se diría que la puerta de entrada a la gran urbe, se reprodujeron las escenas de sana rivalidad. El espectacular dispositivo de seguridad montado por las fuerzas del orden, al menos en lo referente a las aficiones, no sufrió demasiados contratiempos.
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Una terraza de bar en la calle Casp fue el escenario de una escena destacable por curiosa. En torno a una mesa, una familia de Utebo; en otra, vecinos de Tomelloso. Hubo miradas casi inquisidoras. ¿Y qué pasó? Pues que se acabaron invitando mutuamente a cañas y cafés. No se sabe si se marcharon sin pagar, seguramente no acabaron quedando para cenar, pero sí que se desearon mucha suerte, en la final de la Copa y en la vida, que con los tiempos que corren ya se está convirtiendo en algo recurrente.
Fue una final atípica, en definitiva, en miércoles, después del dolor y la desazón que ha sufrido todo un pueblo, de un vuelco político sin precedentes y en pleno auge de las competiciones que más tirón tienen entre la afición: Liga y Champions League. Menudo panorama tienen Víctor y Queiroz. Un socio zaragocista susurró antes de que diera comienzo el encuentro: "Como no le ganemos el domingo al Espanyol, ya veremos lo que pasa". Es la Liga, el fútbol de los domingos por la tarde. Sol y moscas, y no frío, humedad y demasiados nervios.