Los atletas cada año corren más despacio
El verano pasado los Mundiales al aire libre se celebraron en París. Entre los atletas cundió el pánico por el celo con que Francia lleva la lucha antidoping. El hecho de que la final de 100 metros, la que mejor mide los avances físicos y biológicos, registrara unas marcas sensiblemente inferiores a la de los anteriores Mundiales no pasó desapercibido. La carrera se ganó con 10.07, la marca media de los tres medallistas fue de 10.076 y la de todos los finalistas fue de 10.12. Marcas de los Mundiales anteriores: 9.82 el ganador, 9.87 marca media de los tres medallistas y 10.00 la de todos los finalistas. El hecho se ha repetido en los Mundiales de Budapest.
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Esta vez estaba la sospecha del empleo generalizado de la THG, sobre todo en el atletismo estadounidense y, por ende, de cuantos atletas se preparan allí, que son muchos. Como su uso ha quedado al descubierto, se supone que los atletas han dejado de tomarla. Resultado: no ganó un estadounidense, como ya sucedió en los Mundiales al aire libre, y las marcas volvieron a ser peores que las de los últimos Mundiales en pista cubierta. Gardener ganó con 6.49 por 6.46 del anterior campeón, y los tres medallistas realizaron una marca media de 6,516, tres milésimas más que quienes les precedieron en el podio el año pasado.
En el atletismo hay una estrecha relación entre el mayor rigor de los controles antidoping, o los avances en los laboratorios para descubrir sustancias invisibles, y la regresión de las marcas. Ejemplos hay para aburrir. Los lanzamientos se han estancado y la mujer ha dejado de lograr récords mundiales en las pruebas clásicas desde que la cosa se puso dura en 1988, cuando el escándalo de Ben Johnson. Las chinas que los consiguieron desaparecieron al poco tiempo. Ahora también cabe establecer un paralelismo entre la regresión en las pruebas de velocidad y los nuevos descubrimientos en materia antidoping. Ésa es la realidad. Los datos están ahí.
