Primera | Real Madrid 4 - Celta 2

Un rato de inspiración

Al Madrid le bastó un cuarto de hora para tumbar a un gran Celta. Los gallegos no aguantaron el temporal

<b>GOLEADORES BLANCOS</B>. Figo marcó su sexto tanto en Liga; Zidane ya suma cinco.
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Les contaré mis entresijos. Llegado el descanso del partido, intenté adelantar la crónica. Y más que relatar lo que había sucedido en la primera parte, que es lo que se suele hacer en estos casos, preferí aventurar un resultado y desarrollar el asunto, con la intención de acabar pronto, ver tranquilamente el Depor-Barça, cenar fuera y no un sandwich de la máquina (estornino con lechuga y mayonesa) y, de paso, agradar a mi sufrido jefe de cierre.

Ni qué decir tiene que esta es un práctica arriesgadísima (Dios se ríe mucho cuando hacemos planes) y además no se conocen casos de un cronista que haya acertado con un pronóstico. Se habla, pero podría ser una leyenda urbana, de un periodista en Sudamérica (quizá Uruguay) que tenía una cita y escribió una intrépida crónica antes de un partido (apostó por un 8-7, el muy visionario). El caso es que un gol en el tiempo añadido (empate a ocho y prórroga) le arruinó el escrito, que era genial, y la cita, que lo era todavía más. Ahora, como castigo, cuentan que vive con su madre y trabaja en la sección de cierre. Una historia terrible.

Yo, vista la primera parte (0-1), aposté por una victoria del Celta. Y lo hice con firmeza, pese a no ser una decisión fácil y pese a escuchar, en mi visita a la toilette, los comentarios de algunos madridistas socarrones: "Qué mal estamos jugando, sólo vamos a ganar por cuatro". Era cierto que aquella historia del equipo visitante que baila al anfitrión se había repetido muchas veces y en todas ellas el Madrid había salido cómodamente victorioso, muchas veces con goleada incluida y olés en las gradas.

Sin embargo, uno, tal vez por su educación escolapia, tiende a pensar que existe una justicia divina que termina por equilibrar regalos y desgracias, aunque no está muy claro que de esta compensación se beneficien (o la sufran) los interesados directos, sino generaciones posteriores, que se preguntan, y con razón, qué he hecho para merecer esto, porque la verdad es que no han hecho nada. Me temo que la justicia divina funciona con los mismos retrasos que la ordinaria, dicho sea con el mayor respeto, no me vayan a enviar un plaga bíblica, por listo.

El mínimo esfuerzo. Me estoy desviando un poco. Lo que intento explicar es que el Madrid, en esta Liga, ha vivido demasiado tiempo de la suerte, aunque no de la suerte pura, de la potra, sino de esa fortuna que se acompaña del talento y hace que todo esfuerzo se abandone hasta el último momento, cuando parece que será demasiado tarde, pero no lo es, incluso sobra tiempo para que caigan más goles y para que Queiroz haga chistes malos, como quitar a Ronaldo y poner a Núñez de delantero centro, no creo que se troncharan de risa los que pagaron 40 euros por una entrada. Por eso pensé que el Celta ganaría esta vez, porque parece imposible que el cántaro de la dinastía Ming siga yendo a la fuente y regrese siempre intacto.

Esto que sigue es de lo poco que me sirvió de lo que me escribí al descanso: ya fuera por el cansancio que provocó el partido de Múnich (el viaje, más bien) o por la pereza habitual, el Madrid había sido superado con claridad en la primera parte. El Celta, que sabe jugar al fútbol, se movía con mucho desparpajo, proponiendo toque y desmarque, desbordando constantemente a un rival desesperadamente estático, lo que es un alivio para quien ataca porque cuando superas a un adversario sabes que no te lo volverás a encontrar, nadie sigue a nadie.

Y no era el Celta abatido de los últimos partidos, sino el equipo deslumbrante de hace poco tiempo, un equipo animoso, movido por Luccin y con las alas abiertas, Milosevic al acecho. La primera ocasión les llegó en el primer minuto: pelota que mandó al cielo Edu en un golpeo indigno de su categoría.

Los primeros diez minutos de los gallegos (es un decir, no había ni uno, sólo Salgado) fueron casi fantásticos y el casi lo impone Casillas, como suele ocurrir. Porque en este guión que se repite hasta el infinito (como el Día de la Marmota) a Iker le toca el papel más sufrido, todos abrazándose, y él dejándose eternamente los codos y las rodillas, es normal que el muchacho acabe un poquito contrariado.

La única contestación del Madrid en el primer cuarto de hora fue un disparo de Raúl, que enganchó con la zurda un buen pase de Roberto Carlos desde la izquierda, buena parada de Pinto. Hay que detenerse en Raúl y en Pinto. El primero estaba ayer agitadísimo, más de lo normal, empeñado en triunfar, implicadísimo, más de lo habitual, lo que es una actitud admirable en quien lo tiene todo y no se conforma con sestear, ya caerá el golito, y no miro a nadie, o sí. El segundo, Pinto, bien podría llamarse Pintón, porque ayer lucía como el Stallone de Evasión o Victoria, pero en bueno, es decir, portero cachas que amenaza con dejar los balones como pasas de California.

El gol del Celta no tardó ni un minuto en llegar, hecho que nos confirmó que el 29 de febrero, fecha caprichosa, era la noche de la justicia divina. Fue un remate de Ilic, que estaba solo a la salida de un córner, en el área del Madrid siempre hay sitio donde acampar.

Si he dicho que el Madrid no corría, dénlo por no dicho (como Trillo), porque el Madrid corría, pero mal. El único que mantenía el sitio era Guti, porque Beckham estaba totalmente perdido, muy adelantado, como esos niños que juegan en el recreo y sólo se preocupan de marcar goles. Y el único que debe jugar con cierta anarquía, Zidane, se encerraba en la banda izquierda, quizá decisión de Queiroz, o de Peseiro. A base de calambrazos llegaron varias veces los galácticos, pero siempre recibían más puñetazos de los que soltaban. Así acabó la primera parte.

La reacción. Tuve un director al que exasperaba leer que la primera parte y la segunda habían sido muy diferenciadas, pues afirmaba que ambas mitades estaban tan diferenciadas que incluso había un descanso de por medio. Es por eso que no lo diré, aunque lo piense.

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El caso es que Ronaldo empató a los diez minutos de la reanudación. Todo comenzó en un pase dulce de Zidane que transformó el balón en uno de Nivea; Becks cabeceó al centro y Ronie la remachó. Los quince minutos siguientes fueron el partido del Madrid. En ese tiempo hubo un cabezazo de Raúl que rozó el gol, una fabulosa parada de Iker que evitó otro, un golazo de cabeza de Zidane a pase de Figo (Helguera en fuera de juego) y la sentencia del propio Figo con una asistencia del inglés. Quizá esos minutos son un compendio de todo lo que es el Madrid y sus circunstancias: genialidades, Casillas y un árbitro que se lo pasa bomba y se quiere hacer socio.

El Celta se desplomó. Y le volvió la tristeza, lógico, no habrá quien le culpe. Acortó distancias y hasta le acortaron esa esperanza, hay años en los que uno no está para nada.

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