Zidane toma el mando
El francés dirigió a un Madrid que terminó avasallando. El Espanyol duró un tiempo. Hubo Ushiro-nage

No es posible tapar tantos agujeros, el agua entrando por cualquier ranura, te faltan manos, y pies, y cuando crees que el naufragio está controlado, tu cuerpo dibujando un ocho, resulta que nadie cerró la escotilla. Así de difícil es detener al Madrid, porque no hay regla que lo defina ni tendencia que se repita, porque si ya es difícil predecir a quien improvisa, es imposible prever lo que harán cinco o seis improvisadores, cuál será el resultado de todo eso, cómo conectarán sus locuras, sus genialidades, cómo atajarlas entonces.
El Espanyol resistió una parte, incluso hizo más méritos, pero era imposible mantener esa sobreexcitación más tiempo, porque en cierto modo era una actitud fi cticia, más teórica que natural, ya lo explicó Woody Allen: ella me dejó porque no la quería como al principio pero es que si la hubiera seguido queriendo como al principio me hubiera dado un ataque al corazón.
Cuando el Madrid se sintió algo liberado, un poco, comenzó a imponerse por inundación, por rebose, no es nada concreto porque es todo en general. O tal vez sí fuera algo concreto, Zidane, porque aunque el Madrid tiene muchos caminos si juega él, se abren todos, de golpe.
Es posible que el desconcertante planteamiento de Queiroz, Zidane y Solari alternándose en el doble pivote y en la banda izquierda, hiciera que el Espanyol perdiera la pista del jugador que le hacía más daño. Porque cada vez que Zidane controlaba el balón el Madrid monótono se transformaba en el Madrid bullicioso, tipo gremlin, capaz de cualquier maldad. Salvando las distancias, ocurría lo mismo cuando la pelota llegaba a De la Peña, aunque, tristemente, en su caso la pasión sólo dura un toque, dos pases, eso ocurre con los futbolistas que se quedan a mitad de trayecto.
El empate de la primera mitad lo deshizo Roberto Carlos con un gran disparo cruzado, imposible detenerlo, Zidane en pleno baile. Luego marcó Bravo, un cabezazo a la salida de un córner, lo más inaudito que pueda imaginarse en el Madrid, córner y cabezazo que no es de Helguera.
La impotencia del Espanyol debió ser entonces total, atacan por todos lados, el agua entrando por cualquier ranura. Poco después fue Ronaldo, gran pase de Cambiasso, que se marchará incomprendido, aunque él tampoco supo sobreponerse a su pena. Ronie se quedó solo frente a Lemmens y balanceó la pelvis como Elvis, tan bien lo hizo que no sólo derribó al portero sino que estuvo a punto de derrumbarnos a todos, incluido él mismo. Lopo maquilló el resultado. Juanfran, que fue titular, estuvo discreto. Cuando fue sustituido por Figo reconocimos lo grande que es Figo. Borja, una vez defi nido su papel de jugador destructor, estuvo bien.
La gomina. Ahora toca el árbitro. La gente que se aplica gomina me genera cierta desconfi anza, y esto es indefendible, pues se trata o bien de un trauma personal o de una generalización y, como todas, injusta, pues habrá docenas de hombres que usen fijador y no sean malos tipos, sino incluso todo lo contrario, pienso en algunos de mis superiores a los que no conozco (pero intuyo) y en el Travolta de Grease.
Si quien usa este producto es un deportista (aceptamos árbitro), la cuestión se agrava, pues el ungüento se mezcla con los fl uidos propios de la sudoración, lo que uno sospecha que debe ser, cuando menos, contaminante, aunque sólo sea por la cantidad de champú necesaria para deshacer la masilla resultante.
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Pese a todos estos oscuros presagios, Muñiz Fernández despejó cualquier sospecha y cumplió. Se limitó a pitarlo todo, contactos malintencionados y llaves de judo, lo que protege a los delanteros pero despierta cierto cachondeo entre el desacostumbrado público, que reclama penalti cada vez que alguien tose.
Carlos García le hizo penalti a Raúl (el famoso Ushiro-nage) y también lo cometió Iker (cándido) sobre De la Peña, que estaba deseando que le hicieran cosquillas en los pies. Quizá ese rasero hizo que luego se viera más fútbol. Quizá no sea mala idea.