Empate con escándalo
El Madrid igualó con un penalti de Marchena a Raúl. Gran partido que quedará empañado por la polémica

Ojalá hubiera habido otro desenlace, porque no merecía el partido ni manchas ni dudas, ni lo que pasará hoy, nada de fútbol, la eterna polémica, el victimismo de siempre. Nadie recordará que se jugó un gran encuentro, sólo se repetirá el penalti, todo lo opinable que se quiera, pero Marchena no tenía las manos en los bolsillos, su brazo estaba sobre Raúl, la portada no miente. Pero ese fi nal no contó la historia de un partido soberbio. Yo, si me dejan, lo intentaré. La primera parte fue excepcional, con el ambiente religioso de las grandes ocasiones, finales de Champions o del Mundial, Evasión o Victoria, los combates de Rocky, qué se yo. Para que eso ocurra los equipos han de ser gigantescos y han de sentir por el otro un respeto de caballero antiguo, de los de Pérez-Reverte, importa tanto ganar el encuentro como no perder el honor. De ese respeto, de esa conciencia del poder del enemigo, nace la máxima exigencia propia, la mirada inyectada, el cuchillo entre los dientes.
Y si el Madrid se exige, y si lo hace también el Valencia, surge un fútbol sublime, de ese que está entre el arte y la sangre, fastuoso, no sólo en la intensidad, tremenda, sino también en la calidad, incontenible. Así se mezclan pases maravillosos y controles exquisitos con choques brutales, todos corriendo muchísimo, también el Madrid, porque lo que está en juego, además de lo evidente, es la gloria invisible, yo soy mejor que tú y quiero que lo sepas, me sobra la Liga, quiero que lo sepas. No se había cumplido el primer minuto cuando Mista se quedó solo delante de Casillas, fuera de juego pitaron, y fue cierto, pero el susto, a ver quién anula el susto. A los dos minutos llegó Angulo al área y Bravo, en el último instante, le metió el dedo en el cañón, como en los dibujos animados, pero susto sobre susto. Y un minuto después fue Figo quien disparó y en esa misma jugada le tiró el guante a Carboni, en plena cara, tú o yo, le dijo, sólo puede quedar uno, y quedó Figo.
Espectacular. Era fascinante y no exagero, tal vez me quede corto. En ocasiones así el fútbol no admite bromas, ni una sonrisa, porque algunas veces, pocas, esto no es un juego, sino una forma más o menos civilizada de dirimir diferencias esenciales, reinados, cervezas, cosas que duele perder.
A los diez minutos un chutazo brutal de Vicente rozó el palo, cómo sería la cosa que Iker sólo pudo mirar el balón y tampoco lo vio mucho. Uno, modestamente, duda si Vicente no será mejor que Aimar pero con peor marketing, ya que supo pasar de Vicentín a Vicente, ahora le sería más fácil si se llamara Vincent, la eterna historia.
Esa cadencia de golpes se repetía a cada minuto y cada martillazo no hacía otra cosa que otorgar importancia al partido, darle aplomo, medio mundo mordiéndose las uñas y el otro medio moviendo la pierna con ese gesto nervioso que es como un rabo de una lagartija, independiente a nosotros, estate quieto Manolo, pero si no soy yo, Maruja.
Salgado empalmó un balón en la frontal, rechace de un córner, y despejó Cañizares, un mérito localizar esa bola entre los árboles. La siguiente ocasión fue una media chilena de Mista que podó la cepa del poste. Todo era así de emocionante y delicioso, aunque la oportunidad más clara la tuvo el Madrid, gran centro de Roberto Carlos, que remató Raúl con la punta de la bota, esos balones que si los tocas entran siempre, o casi, ayer no, la sacó Cañizares, no sean cafres, no insulten al portero rival, sobre todo si es bueno.
Equilibrio total. A esas alturas ya estaba claro que el encuentro se desequilibraría con una pluma, con una mosca que pasara por allí y decidiera posarse, porque sólo así se podía romper un equilibrio fabuloso, porque es fabuloso que tantos millones de ecuaciones den como resultado el cero, el empate total, el combate nulo.
Pero he mentido un poco. Había alguien más, aparte de la mosca y la pluma, que podía romper ese equilibrio: Ronaldo. Su presencia era, como siempre, intrigante, como esa pantera del zoo que da miedo aunque esté encerrada porque te mira como si supiera cómo salir de allí, lo que pasa es que no quiere. Sin embargo, Ronaldo no supo escapar de la celda que le preparó que el Valencia, que no era la jaula de un zoo, sino un calabozo de Alcatraz, si superas a Ayala, vendrá Marchena y si todavía estás vivo, que no creo, te comerán los tiburones, Garrido o Carboni. La segunda parte se inclinó un poco, lo que era mucho. Parecía más fresco el Valencia, menos el Madrid. Aun así Raúl remató fl ojo de cabeza un balón que era oro en un partido así, buen centro de Figo, gran futbolista y mejor mosquetero, esos tipos que para herir necesitan más una afrenta que una espada.
A falta de media hora, dominaba ya el Valencia, sin ocasiones muy claras, pero cerca de ellas, silbando sus guantes en la cara del Madrid porque este partido era de un solo puñetazo, o eso creíamos.
Un buen pase en profundidad de Beckham condujo a Raúl hasta la portería, pero el tiro fue malo, como la pierna, la derecha. Pero no es excusa: cuando Raúl está bien marca esos goles. Volverán a entrar cuando venza a quien quiera que sea con quien se está peleando, tal vez un fantasma, por lo mucho que se le resiste.
En la jugada siguiente Figo persiguió un balón imposible y un resbalón le hizo chocar con Cañizares, entrada fea de no haberse escurrido, pero que provocó el tumulto, algo que le venía bien al Madrid y lo debía saber Figo cuando pisó la cáscara de plátano, porque ya no había mucho más en su equipo.
Cabezazo. Pero no dio resultado. No pasó ni minuto y el Valencia se dispuso a sacar un córner. Ahora es fácil verlo claro y, sinceramente, no se cómo no caímos entonces, siempre nos pasa igual, esa era la mosca y la pluma, un saque de esquina. Así marcó Ayala hace un año y así tenía que volver a ser, porque el Madrid no sabe defender los córners y porque sólo tiene un jugador que vaya de cabeza, Helguera, aunque ayer tampoco fue distinto al resto. Ayala, que pudo ser madridista a principio de temporada, se lo comió en el salto, gol, la rozó Casillas, pero gol. Quedaba un cuarto de hora, un mundo en otras ocasiones y con otros rivales, pero un suspiro contra el Valencia, que en posición de defensa es inabordable, seguramente el equipo más sólido de cuantos existen, porque dentro de la trinchera no hace falta tener delantero centro.
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El tiempo se esfumaba, ya entrado el descuento, y ni siquiera había verdadero acoso, sólo un balón lanzado a Raúl, que peleaba con Marchena, pugnaba más bien, porque no era un lance tan guerrero, aunque el brazo del defensa estaba encima de Raúl, que sintió ese peso y dejó de hacer fuerza por mantenerse en pie. Tristante Oliva, a indicaciones de un linier barbudo, pitó penalti, que era como pitar revolución, porque lo que es polémica para otros, duda razonable, en el caso del Madrid es acusación manifi esta, el victimismo general, no importa que no jugara Zidane, nadie se acuerda ya. Otro defensa hubiera levantado las brazos para evitar cualquier sospecha, minuto 92, pero Marchena no lo hizo y se arrimó a Raúl y le puso el brazo encima, fuera o no penalti, pudo serlo, lo pareció, era posible equivocarse, no fue una caída a tres metros del área, ni un piscinazo, importó la picardía y la inocencia, hubo contacto, nadie se hubiera escandalizado si hubieran pitado esa falta en el centro del campo.
El fi nal. Es sencillo imaginar cómo se sentirían los jugadores del Valencia, pero ignoro cómo se quedarían los del Madrid después de empatar así, entre sombras. Habrá quien esté harto de tantas sospechas y es hasta posible que alguno, nunca lo reconocerá, quisiera que ese penalti se hubiera ido alto, tal vez no sea necesario para ganar la Liga. Pero también es injusto que el Madrid tenga que pedir perdón siempre, antes de empezar a hablar, más que por lo último, por Sevilla (donde no ocurrió nada), por todo lo anterior, por tantos años venciendo, como si tener el mejor equipo obligara a ganar por cinco o xser sospechoso, sin término medio, o prepotente o convicto. Eso no ayuda nada al Madrid, pero es peor para sus rivales.