Pincharon el balón
Dos velocidades en el campo: la quinta marcha del Sevilla, y la reductora del Real Madrid. Lo vimos en 37 segundos: un equipo salió revolucionado; el otro, con el freno echado. Era lo previsto en las pizarras y en el trabajo de concentración semanal. A Caparrós le interesaba meter la batidora, a Queiroz le apetecía jugar al fútbol como quien canta un fado. Ganó a los puntos la idea primigenia de los sevillistas, pero al final se llevó el gato al agua la corte Galáctica porque supo pinchar el balón cuando las cosas se ponían calientes y el enemigo pretendía convertir el partido en un loquero.
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Poca chicha vimos en este Madrid, un pelín desfigurado. Sería por el gol tempranero, sería porque Queiroz ordenó guardar la ropa. Apenas a ráfagas (en la primera parte sobre todo) apareció el esplendor ofensivo madridista: si acaso con Roberto Carlos entrando por la banda y con Beckham empujando cuanto podía. Pero cuando echaron a Zidane, tocó el mister portugués la retirada al castillo. El Sevilla mantuvo su carga con toda la pólvora, Carlitos incluido en el tirón final, pero ni siquiera Baptista esta vez fue capaz de derribar ese muro de hormigón llamado Helguera.
Volvió a aparecer la capacidad del Madrid para sobrevivir en duelos febriles. La entereza para no perder los papeles y reordenarse después de cada arreón del enemigo. Las columnas madridistas, con Guti y Figo como ejemplos de artistas metidos a obreros, soportaron la agresividad de un Sevilla bravísimo en concepto y ejecución. Lo malo para ellos fue que el balón, ya decimos, se lo habían pinchado.