Ronie firma el trámite
Ronaldo pegó primero. El Málaga, muy tímido. Roberto Carlos sentenció. Y Luque maquilló el resultado

A veces, ingenuos, pensamos que las mujeres buscan un hombre y lo que buscan es un hombro, en el que llorar, mayormente. Y esto no es un comentario machista, no disparen, sino todo lo contrario, es el reconocimiento de nuestra condición de objetos de efímera utilidad, blancos y de celulosa, para ser exactos. Y digo todo eso porque a Ronaldo, al que generalmente se le sale el hombre, ayer casi se le sale el hombro, o eso nos temimos, y cualquier excusa es buena para compartir aquello que nos inquieta: el amor, las mujeres y nuestros pequeños hombros con vacuna y sin tatuaje.
Tal vez el hombro de Ronaldo fue lo más emocionante del partido y ya sé que no es decir mucho. Después de una gran arrancada que acabó con el balón en el poste, después de una carrera en la que Josemi igual le agarraba de la camiseta que le metía el dedo en el ojo (literal, no como el doctor Alfaro), Ronie reclamó la asistencia del médico con el brazo en alto. Aquello fue un sobresalto, como cuando un trapecista se desloma y de repente reconoces el peligro en algo que creías un simple divertimento, un espectáculo inofensivo.
Con Ronaldo ocurre esto. Si está en el campo te afl ojas el nudo de la corbata, te relajas y hasta que marca el primero te permites hacer algún comentario jocoso, que si da pasitos como los de Chiquito de la Calzada, que si las lorzas y cosas así.
Pero si es baja o se duele de una entrada, especialmente si se toca la rodilla remendada, todos, incluidos los rivales, prensa, afi cionados y agresor, caemos víctimas del pánico, ay madre a ver si nos lo hanroto. Es en ese momento cuando descubrimos toda su importancia, y no sólo futbolística, sino emocional, humorística y fi losófi ca.
Por eso, cuando un chico de la Cruz Roja le puso una mantita roja sobre los hombros se vivieron segundos de terror porque alguien como Ronaldo sólo quiere las mantas para liárselas a la cabeza. Esto explica el suspiro de alivio cuando Ronie regresó al campo y volvió a sonreír, el niño está bien, sólo eran gases.
Guión habitual. Hasta ese momento, el partido, como suele ocurrir en el Bernabéu, eran los Globetrotters contra los Cardinals o como se llamaran esos tipos que salían muy serios y acababan riéndose de las ocurrencias de los trotamundos, todo ello aderezado con un emoción ficticia, porque todos sabían lo que iba a ocurrir, aunque no hubiera estado mal la rebelión de los Cardinals o como se llamaran, que antes que ser un charlot es mejor trabajar de repartidor de pizzas pero presumir de haberle puesto un tapón a uno de esos ególatras del pelo afro que entran a canasta con un melón y encima piensan que te han engañado. En fin.
El Málaga, en su papel de equipo que piensa que todo es posible y quele está viendo todo el orbe, duró más bien poco. La presión que ejercía sobre los galácticos empezó siendo intensísima, pero se difuminó demasiado pronto. No debe ser sencillo no dejarte cautivar por esa música, no rendirte a sus encantos, no pasar de torero a toro y de toro peligroso a sumiso, por lo menos que me saquen por la puerta grande.
Cualquier discusión, cualquier debate sobre la somnolencia del Madrid, la timidez del Málaga, los espacios, los huecos y otras geometrías pasó a mejor vida cuando marcó Ronaldo. Beckham la mandó picadita al carril de Salgado, abriendo camino e invitando a la incursión. El lateral controló con el pecho y mandó un pase divino de la muerte que se le escapó a Calatayud y a Raúl pero no a Ronaldo, 25 goles.
A partir de ese momento hubo lo que se podría llamar un relajamiento facial, todos riendo o sonriendo, buen rollo, que si Zidane me la quita de tacón no me enfado, viva la gente, la hay donde quiera que vas. Quien tardó más en entenderlo fue Borja, que dio un poco de leña, pecados de juventud, ni el árbitro se lo tuvo en cuenta, cosas de chicos.
No se puede decir que la actitud del Madrid fuera la de otras ocasiones, ese equipo que vuela cuando el partido se pone de cara, el vendaval y las oleadas. Es como si hubiera un ritmo sostenido, pero no muy sostenido, algo un poco raro, adjetivo que no tenía pensado utilizar porque se ha apoderado de él el padre de Julio Iglesias, papichu, hasta el punto de que cuando pronuncias esta palabra, incluso en las ocasiones más solemnes, siempre hay quien se burla y susurra: wraro, wraro, wraro.
El segundo gol del Madrid pareció acabar un partido acabado aunque siguieran jugando. Fue un trallazo inmisericorde de Roberto Carlos en un lanzamiento de falta que debió sonrojar un poco a Beckham, al que la ingesta de ibéricos ha movido el punto de mira, deberá volver al brécol.
Cuando Luque acortó distancias nadie se sofocó en exceso, a pesar de que faltaban aún 15 minutos para el final. Ese acercamiento se debía más que nada al interés infi nito de Salva porque sucediera algo mínimamente heroico, pues ser boina verde y jugador de los Cardinals es totalmente incompatible.
Es muy probable que a Salva lo que le hubiera hecho verdadera ilusión hubiera sido marcar un gol y cuadrarse ante el presidente Aznar (señor, sí señor), que estaba en el palco en compañía de toda la familia (Trapp), entrañable estampa, que sólo faltaba el cocker moviendo la cola, para que luego digan.
Noticias relacionadas
En breve: La familia Aznar lo vio en el palco
La familia Aznar, menos José Mª, el hijo mayor, vio el partido en el palco. Fue la primera aparición pública del presidente junto a Ana Botella desde que surgiera el rumor sobre su crisis matrimonial.