Estocada y media
El Sevilla sólo resistió un tiempo. Hasta el fantástico tanto de Solari. Raúl remató. Ronaldo fue baja.

Para manejarse por el mundo con cierta soltura conviene conocer nuestras virtudes y nuestros defectos, de modo que las primeras luzcan y los segundos pasen inadvertidos. Por ejemplo, si eres bajito y te pones unos pantalones de campana y la camisa por fuera has de saber que pareces Miliki, no un muchacho a la moda. Si eres arrebatadoramente guapa (o guapo) debes ser consciente de que cuando hablas te quitas mito, de la misma forma que si eres ingenioso no te interesa la pista de baile, sino los terrenos anexos.
Así, con todo. En este sentido, podemos asegurar que la principal virtud de Queiroz es la invisibilidad, su capacidad para desaparecer sin que nadie le eche en falta, ni el fi el Peseiro. Todo lo que le convierta en materia le perjudica, basta pensar en sus respuestas largas o en sus disquisiciones sobre las rosaledas. Digamos que su labor es hacer lo lógico y lo lógico resulta más que evidente en un equipo como el Real Madrid: que jueguen los buenos. Y si alguien se lesiona, que salga su relevo natural.
Pues no. Ronaldo fue baja de última hora porque tenía fi ebre (comió algo en mal estado) y su sustituto no fue Portillo, sino Solari. Esta elección obligó a cambiar el esquema y desesperó a Portillo, delantero cuyos trasquilones dan fe del tormento mental que atraviesa. Me permito recordar que el chico no fue cedido al principio de la temporada porque era fundamental y disfrutaría de muchos minutos.
Y ya que nos ponemos a decir las verdades habrá que hacer un repaso somero de los cadáveres que acumula Queiroz en el armario, todos ellos jóvenes: Rubén (en Alemania), Portillo (en alguna parte), Núñez (en ninguna) y Pavón (en la grada).
Y no se quedó ahí la cosa: cuando Figo se lesionó en la primera mitad, Queiroz no sacó a Juanfran, sino a Portillo, lo que le obligó a cambiar otra vez el esquema. Ustedes me dirán que muy mal no lo debió hacer porque el Madrid ganó 2-0 y acabó entre olés y yo debo callarme, aunque pienso que eso sólo demuestra que este equipo es imperturbable. Pero vayamos al partido. El Sevilla salió concentradísimo en sus virtudes: la presión, la pasión y su absoluto dominio del barullo.
Eso le dio durante 45 minutos, en los que tuteó a la galaxia y gozó de claras ocasiones. Sin embargo, y es triste, son los defectos los que terminan por definir la personalidad de un equipo que podría jugar más al fútbol si no se empeñara en proteger a los apandadores. Se vio claro cuando Alfaro abrazó a Zidane en un córner. Turienzo, como era de esperar, lo entendió como un gesto cariñoso y no pitó nada, si acaso amor.
Pero no hay que entender el atrevimiento del Sevilla como un apocamiento del Madrid, que repondía con magníficas triangulaciones al acosa, bien Guti y especialmente interesado Zidane. Y cuando el francés entra en juego, cuando se nota que quiere, que le apetece, entonces, sólo es cuestión de esperar.
Hubo momentos de intercambio de golpes, fallón Raúl y poco acompañado Darío Silva. Baptista, en una de sus pocas internadas fue agarrado por Raúl Bravo en el área, pero no reclamó penalti por eso, sino por una caída posterior en la que no pasó nada. Es fácil que Turienzo, para evitar tentaciones, le hubiera quitado la bolita al pito (perdón, silbato).
Y como suele suceder en estas ocasiones, el Madrid cambió lo que parecía un destino cruel de un modo totalmente inesperado. Cuando el partido desembocaba en los líos que gustan al Sevilla, todos portestando, Solari se coló por la izquierda, demasiado escorado, hizo una bicicleta y lanzó un chutazo que parecía imposible a no ser que fuera un error, uno de esos centros al área que se transforman en gol y tú luego dices que la tiraste ahí a propósito, que lo ensayas desde chaval. Pues en este caso debe ser verdad, porque no se concibe un centro con esa potencia si no es para volar la cabeza del intrépido delantero.
Aquello mató al Sevilla, se pueden imaginar. En una situación como esa se te echa encima toda la desgracia de generaciones y generaciones que dominaron sin éxito ni fortuna, esta temporada lo hemos visto muchas veces. Y sin tiempo para reponerse, la puntilla. Fue un blaón que Guti le puso a Raúl como con un capootazo. El capitán controló, levantó la cabeza y la colocó junto al palo, con el interior del pie, para domarla, Esteban descolocado. Raúl es fundamental. Y eso, sin estar a tope.
Noticias relacionadas
El resto del tiempo se consumió con jugadas para la galería, una maravillosa, larguísima, a la que no llegó Juanfran porque no claza un 48. Guti estuvo espléndido, Beckham peleón, todos movidos por ese Zidane que se inclina y te inclinas, que te amraga y te tiras y luego le sigues por el campo más que para meter gol para abrazarle después.
El Madrid tiene prácticamente sentenciada la eliminatoria, no sólo por el marcador, sino por el desánimo ajeno, esa sensación de que todas tus virtudes no son nada comparadas con las del otro, tan guapo te crees y sólo eres Miliki.