Copa del Rey | Valencia 1 - Real Madrid 2

Raúl zanja el debate

Un gol del capitán sentenció a un Valencia que ya se sentía eliminado. Gran partido colectivo del Madrid

<b>ALEGRÍA</b>. Raúl Bravo abraza a Guti después del primer gol del Real Madrid, que nació de una jugada del centrocampista. Bravo no tuvo ningún problema para reubicarse como lateral izquierdo y volvió a ser de los destacados.
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Tal vez para remontar algo, ya sea resultado o decepción, es necesario, antes que nada, remontarse a uno mismo, reconstruir la ilusión y la esperanza, pensar que es posible aunque parezca todo lo contrario. El Valencia salió a por un milagro sin creer en los milagros, al menos en este, sin quitarse esa sensación de eliminatoria perdida que le dejó el partido del Bernabéu, ese sentimiento de desgracia insuperable, no lo merecíamos, es el destino. Por eso, desde los primeros minutos, tenía el aire de quien cumple un expediente, movido más por el entusiasmo de los demás que por el propio. Y cuando la cabeza no acompaña es inútil recurrir a los collons y zonas anexas, eso dice Lorena Berdún, que sabe mucho.

Pero no creo que esa actitud del Valencia reste valor al magnífico partido del Real Madrid. Un equipo miedoso, con dudas, podría haber resucitado a su enemigo, hubiera despertado su interés. Y eso jamás sucedió. Es más, da la sensación de que el Madrid, el de ayer, hubiera superado cualquier obstáculo, esto nunca lo sabremos, claro, pero nos gusta jugar a los tranvías que nunca cogimos.

Lo cierto es que el Madrid se presentó en Mestalla extrañamente comprometido en el esfuerzo, todos implicados, todos corriendo, igual que ocurrió frente al Villarreal. Y si un equipo con tantísima calidad es capaz de presionar al rival, de robarle los balones y la iniciativa, resulta casi invencible.

Siempre echamos de menos esa falta de sacrifi cio en el Madrid galáctico, demasiado confiado en su talento, y desconozco por qué se ha producido el cambio. Imagino que influye la entrada de Solari, que ha sido el calzador de un esquema que cojeaba. Pero no es una explicación suficiente. Más allá del equilibrio, el equipo ha ganado en coraje, en conjunto, en responsabilidad colectiva. Y esa actitud provoca una reacción en cadena, porque se juntan las líneas, se protege a la defensa y se abren los camibos hacia Ronaldo y Raúl.

Transformación. Si es mérito de Queiroz, habrá que dárselo, pero como somos de natural desconfi ados, creemos que es más bien el instinto de supervivencia de un equipo que se ha salvado demasiadas veces por los pelos y se estaba dando cuenta. También ha sido importante la entrada de nuevos jugadores (Guti) o la recuperación de los que estaban (Raúl), pero hay más, algo psicológico, que quizá no tenga que ver con nada de lo dicho o tal vez tenga que ver con todo.

El gol de Raúl cuando no se había cumplido el primer cuarto de hora, acabó con la incertidumbre, que tampoco había mucha, visto cómo salió el Valencia de somnoliento. La jugada empezó en Guti y llegó a Ronaldo, que vio el desmarque de Raúl y le pasó el balón con toda la intención, con la cara que ponen los niños cuando se disponen a hacer algo trascendente, la lengua de medio lado. No le importó a Ronie que las piernas de Ayala estuvieran por allí, porque las sorteó por abajo, cómprate una sotana, y cómo duelen esas violaciones del espacio aéreo de la entrepierna, algún día lo debería comentar Lorena Berdún, a lo mejor hasta tiene su punto.

Raúl no perdonó y marcó con una facilidad asombrosa, como hace él cuando es él, cuando no se atormenta y le sale el alma del gol regañao. En ese preciso momento se acabó la eliminatoria, aunque siguió el partido. Y continuó casi de la misma forma en la que discurría, el Madrid tocando mil veces y el Valencia, ese equipo que suele ser un ciclón, convertido en una triste versión de sí mismo, desesperado, muchas patadas y ninguna imaginación, todo soluciones infantiles, ausente Aimar.

Aparte de sus muchas virtudes, el Valencia tiene el problema de carecer de un delantero centro puro y ayer se volvió a comprobar. Mista, a pesar de marcar goles, es más bien un segundo punta, un acompañante. Y Oliveira, más ariete, es un tipo que necesita demasiadas ocasiones para transformar una. Y no existen los killers sin puntería. Para eso resultaba más interesante la presencia de Carew, que al menos era una pesadilla para las defensas contrarias.

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Mientras el Madrid completaba el baño, el rendimiento de Mejía y Borja, que eran observados con lupa, resultaba totalmente prometedor. Muy bien otra vez el central, con desparpajo y más presencia de la que le recordábamos, y muy bien por vez primera Borja, pendiente de cubrir la espalda de Guti y más que aseado en sus intervenciones. Cuando un equipo se comporta como tal es más fácil incluirse.

El partido se esfumaba sin más sobresalto que una macarrónica entrada del joven Navarro a Figo, un plantillazo a la altura de la rodilla. En cierto modo parecía que nada de lo que ocurriera tendría demasiada importancia. Por eso no alteró a nadie el gol de Xisco, ni tampoco el tanto de falta de Zidane, con el tiempo cumplido, un balón que rebotó en Angulo y despistó a Palop, una jugada que simbolizó el infortunio y el descoloque del Valencia en la eliminatoria. Antes nos preguntábamos si el mejor equipo ganaría a las mejores individualidades. Barajábamos la posibilidad de que pudiera ganar el equipo, pero nunca imaginamos que el equipo fuera el Madrid.

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