A palos con el arte
De igual forma que Pablo Picasso no sólo era malagueño, sino patrimonio de la humanidad, los deportistas geniales son el mejor activo de las competiciones que los disfrutan. Y hay que protegerlos, como a cualquier especie en peligro de extinción. En la NBA lo tenían muy claro: Michael Jordan era su mejor tesoro, así que los árbitros ejercían de vigilantes. "Es intocable", se quejaban los perros de presa que intentaban anularle con mamporros. Y tenían razón en parte: en los marcajes a Jordan había menos permisividad de lo habitual. ¿Injusto? Quizá, pero esto es negocio amigo. En esa ventanilla cerrada, la oficina de quejas.
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Arvydas Macijauskas es un mapa mundi en el vestuario después de cada partido. En su cuerpo, pintados en cardenales, continentes y mares de violencia soterrada. ¿Y quién es Macijauskas? Fácil: nuestro Jordan. Es el heredero de Petrovic, de Herreros, de Perasovic y de tantos otros jugadores de gran clase a los que se ha intentado frenar a base de castañazos. "Me da miedo cruzar por la zona, porque temo llegar al otro lado con varias costillas rotas", me confesó tiempo atrás uno de ellos.
Todo vale, en efecto, para contener el peligro. Codazos, agarrones, zancadillas, rodillazos... Cualquier entrenador sacrifica gustosamente dos leñadores para zurrar al artista. Sabe que si se pitan diez faltas, habrán quedado otras tantas sin sancionar.
