Un cambio absoluto

Paco Flores ya se ha ido a Barcelona, pero la decadencia del Zaragoza, ese proceso degenerativo en el que el club se encuentra inmerso desde la conquista de la Recopa en 1995, no se consigue revertir sólo con la simple destitución del entrenador catalán y su cambio desesperado por Víctor Muñoz.
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Flores no era un entrenador para este equipo, ni durante la semana ni los domingos en los partidos, pero los últimos acontecimientos le habían convertido ya en un personaje secundario, como les sucedió a Espárrago, a Lillo, a Rojo, a Costa o a Marcos Alonso. Soláns se ha convertido en una especie de trituradora de entrenadores. Ninguno le sirve. Parecen, en definitiva, simples escudos humanos para que la grada nunca le señale, para que jamás se ponga en cuestión su gestión y su modelo. Y cuando la amenaza al palco se acerca, siempre ocurre lo mismo. Así durante los últimos siete años.
Hace tiempo que el Zaragoza está enfermo, sin ninguna de las señas de identidad que le hicieron importante en el fútbol español. El club lleva demasiados años dando tumbos, arrastrándose por los campos, emborronando su pasado. Pero Soláns permanece inalterable, sólo pendiente de que su imagen personal no se deteriore. Hace falta un cambio colosal, gigantesco.