A cuartos sin brillo
El Éibar, muy valiente, perdonó hasta cuatro ocasiones clarísimas. Tras una hora, al Madrid se le escapó el talento.

Nos lo cuenta un amigo y tiene razón: si en una partida de póker a los diez minutos no sabes quién es el pichón, es que el pichón eres tú. Esto puede extenderse a todos los ámbitos de la vida, sentimentales y laborales (ahora mismo no sé si hay más ámbitos en lavida). Y esto sucedió ayer, al menos durante 58 minutos: el Madrid dudó y fue el pardillo; cuando por fi n lo tuvo claro descubrió que el primo era el otro. Si el Éibar B no aprovechó esos minutos, esas cartas, fue por culpa de Casillas (gran mano a mano con Saizar) y por su propia incapacidad para hacer gol incluso en las condiciones más favorables.
Véase. En la primera parte los suplentes de Amorrortu dispusieron de cuatro ocasiones clarísimas, en especial una deSaizar (otra vez él), que envió al tejado del Palacio de Congresos un balón que estaba pidiendo que lo empujaran, no que lo propulsaran.
En la segunda mitad, un magnífico centro de Corredoira fue superando defensas hasta llegar a Cuevas, que entraba solo en el segundo palo y la mandó fuera cuando parecía totalmente imposible. Si los delanteros del Éibar hubiera aprovechado la mitad de sus ocasiones ahora serían hijos predilectos de algún sitio y les regalarían pavos y cosas así; es muy fi na la línea que separa el éxito del fracaso, aunque ya es un mérito caminar sobre ella.
Pitada. A esas alturas, el público del Bernabéu ya había comenzado a abuchear a su equipo, tan abúlico como sabe, sin pasión, sin interesarse en exceso, sólo pendiente de las pocas cosas que se le ocurrían a Zidane, el único futbolista capaz de romper el tedio.
Por cierto, habíamos olvidado decir que Queiroz salió con todo lo que tenía, en el amplio sentido de la expresión, porque todo lo que tiene Queiroz son los jugadores, los buenos. Sólo faltaron Raúl y Beckham, ambos lesionados. Por alinear, alineó hastaa Raúl Bravo, que estaba renqueante, por no hablar de Iker, que ayer todavía tenía fi ebre (del sábado noche, en concreto). Ante semejante ciclón galáctico, el Éibar no apostó por la leña, sino por el fútbol, ni siquiera por la presión enloquecida, sino por el fútbol. Siempre que se acercó lo hizo tocando o con pases en profundidad, con sentido, pero con riesgo, porque el Éibar B no puede tutear al Madrid, no basta intentarlo. Cuando el Éibar reculaba por pura inercia, por las oleadas enemigas, era admirable ver cómo Amorrortu pedía a sus jugadores que salieran de la cueva, empujando con gestos, moriremos arriba, como los valientes. Y así fue. Por eso, cuando acabaron de pasar todos los trenes dirección milagro, el Madrid dio la puntilla, porque se le escapa el talento. Fue un gran pase de Helguera a Roberto Carlos y una asistencia de este a Ronaldo, que sólo tuvo que empujarla, muy fácil, la hubieran metido hasta los delanteros del Éibar (quizá).
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Hasta entonces Ronie no había hecho absolutamente nada, lento y torpe, confi rmando que no está en forma y que además no le importa demasiado. En ocasiones como esta uno piensa si un nueve puro, de los que rematan de cabeza, (de Van Nistelrooy a Kovacevic pasando por Vieri) no se inflaría también a meter goles en el Madrid. Lo sé, soy un hereje. Si decepcionante fue la actuación de Ronaldo, no fue mucho mejor la de Guti, perdido por completo como segunda punta. Pero eso no fue lo peor. Lo peor de Guti son sus reacciones, los gestos. Cuando fue sustituido por Portillo en el minuto 63 volvió a marcharse con ese aire victimista y caprichoso que tanto le perjudica. Porque su principal problema no son los entrenadores, ni los galácticos que llegan cada temporada; eso, siendo importante, apenas importa cuando se tiene talento. Su problema es él.
Desenlace. Toda la esperanza del Éibar se esfumó con el segundo gol del Madrid, falta lanzada por Figo de forma exquisita. En parte, el gol le redimió de un partido gris, voluntarioso, pero sin desborde, como si la banda se le hiciera ya demasiado larga, como si fuera el momento de cambiar de sitio. Queiroz luce un extraño nudo en la corbata, muy grueso, semi Windsor, difícil de afl ojar cuando suda. Malo para jugar al póker, horrible cuando dudas quién será el pichón.