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El 'pitbull' con gafas se ha hecho mayor

Debutó en el Ajax con 18 años. Ha sido uno de los centrocampistas más cotizados. Con 23 años rechazó ir al Barça. Ahora, con 30, está por ver si aún muerde

Internacional holandés.
Julio Maldonado
Importado de Hercules
Actualizado a

Sigue teniendo el carácter que le hizo famoso. Pero han pasado los años y, cerca ya de los 31, Edgar Davids ya no es aquella máquina que devoraba balones en el centro del campo. Habrá que ver si en el Barça, tras media temporada en el banquillo de la Juventus, no se ha oxidado.

Nacido el 13 de marzo de 1973 en Paramaribo (Surinam), con sólo año y medio se trasladó con su familia a Amsterdam. Creció en la calle, empezó en el modesto Schellingwonde y se encontró de repente en la escuela del Ajax, gracias a Louis van Gaal, con el que siempre mantiene una excelente relación.

Tenía 18 años cuando Van Gaal le bautizó como pitbull por su capacidad de sacrificio como un auténtico perro de presa. El pitbull es una raza peleona, de pelo negro y espeso. Un símil magnífi co. En el Ajax ganó la Copa de la UEFA en 1992 y la desgracia se cebó con él años después.

En poco más de un mes Peruzzi le paró el penalti con el que el Ajax perdió la fi nal de la Copa de Europa de 1996, ante la Juve, y Guus Hiddink le expulsó de la selección holandesa por indisciplina. Davids acusó a Hiddink de favorecer a los blancos y perjudicar a los negros de las colonias.

Luego estudió una oferta del Barcelona, pero llegó al Milán por decisión de Capello y sufrió una grave lesión de tibia y peroné. En los pocos meses que pasó en el club coleccionó tarjetas rojas y se fue con más pena que gloria. No se adaptó y jamás superó la lesión (23 de febrero de 1997), tras un choque con el portero del Perugia.

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Se fue a la Juventus, Costacurta le llamó "manzana podrida", se operó de un glaucoma en un ojo y usó para ello acetosolemida, droga que le hizo dar positivo en un control. Un calvario que terminó bien y sirvió para comercializar sus gafas.

En plena sanción lo pasó muy mal. Para superarlo le ayudaron sus libros budistas y de Benedict Espinoza, un filósofo holandés del siglo XVII del que el jugador es un fanático. Cuando el Comité Olímpico Italiano le permitió regresar, Marcello Lippi sonrió durante años. Pero al principio de esta temporada ya no pensó igual: "No está bien físicamente". Y lo llevó al banquillo. Ahora, en el Barça, deberá demostrar si aún muerde.

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