El Kelme, siempre al borde del abismo
El Kelme, está visto, no gana para sustos. Es la segunda vez en veinte días que se ve amenazado con la pérdida de categoría. Tal medida implicaría el descenso a la segunda división y dejar de correr, por tanto, las grandes vueltas, con lo cual el equipo dejaría de tener sentido y desaparecería. Por eso lo que dice Quiles no es ninguna bravata. Si el Kelme desciende, el equipo desaparece. Eso va a misa. Lo que no va a misa, en cambio, es que el equipo descienda. A última hora llegará el fax de la Generalitat confirmando que patrocina al Kelme, como pasó el 20 de diciembre con el aval de los atrasos en las nóminas, o en el peor de los casos recibirá una prórroga.
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Hablamos, al fin y al cabo, de procedimientos burocráticos. Por lo visto, la Generalitat aún no sabe que el deporte se mueve a velocidad de vértigo. Nada que ver con la de los organismos públicos. Éstos no sacan un duro de caja sin media docena de pólizas y la correspondiente firma de subsecretarios, secretarios, directores y consejeros. Tampoco es que esto sea malo, todo lo contrario, pero que las cosas de palacio van despacio es una realidad -y más si hay vacaciones de por medio- y eso es lo que denuncia Quiles. Hoy alguien se pondrá las pilas en la Generalitat y mandará el certificado que exige la UCI a toda prisa. Si no, menudo ridículo.
En cualquier caso, todo es consecuencia de que el Kelme siempre camina al borde del abismo y el día menos pensado se nos va a caer. Como no tiene dinero, vive de la caridad pública, y los fondos no suelen estar a su disposición cuando los necesita, sino cuando se aprueban las partidas presupuestarias de los organismos que le subvencionan. Por eso su vida transcurre en un desasosiego constante, acuciado por los avales, los créditos, las deudas, y en cuanto le sale un corredor bueno toma las de Villadiego. Le salva que en cuanto empieza la temporada, todo lo mal que se maneja en los despachos deja paso a lo bien que plantea las carreras.
