En el Dakar ganan todos
Ya tenemos el Dakar en danza. Una competición mitad deporte, mitad aventura. Esta carrera rememora el espíritu y la filosofía que convirtieron el deporte en una actividad grandiosa, compendio de virtudes, cuando a comienzos del pasado siglo comenzó a extenderse por el mundo. Tiempos en los que lo importante era participar, no ganar. Como en el Dakar ahora. Sólo una minoría acude a la llamada del Dakar con el único objetivo de subir al podio en el lago Rosado. No mucho más de una veintena entre los novecientos pilotos inscritos. Pero las dificultades a superar son tantas, que sólo el hecho de llegar supone una victoria.
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Esto convierte el Dakar en una competición única por imprevisible hasta para los mejores pilotos. Que se lo pregunten a Roma, que mil veces ha tenido el triunfo a su alcance y mil veces el infortunio le apartó de la gloria. Y es que por mucho GPS, por mucho servicio rápido de asistencia, por mucho que un equipo se haya preparado sólo para ganar, África es África. Hay un punto de salida y otro de llegada. En medio, kilómetros y kilómetros -hasta más de mil en la etapa que sale de Marruecos y acaba en Mauritania- a través de caminos en el mejor de los casos y del desierto la mayoría del trayecto. Una lucha contra la naturaleza y contra el tiempo.
Porque esa es otra. No se puede ir pisando huevos por esas rutas desconocidas aunque el objetivo no sea ganar o esté el coche maltrecho. Hay que ir ligerito para llegar a tiempo y descansar. Para llegar sobre todo día, porque como la noche se eche encima las dificultades se multiplican pues se pierden todas las referencias visuales que figuran en la hoja de ruta. Y cuanto más tiempo se tarde en llegar, menos queda para dormir; al alba ya hay que estar de nuevo en marcha. Y así un día, y otro, y otro, durante tres semanas. Al final, el Dakar se convierte para todos en una prueba de supervivencia. Por eso ganan todos. Como en el deporte en sus orígenes.
