Año nuevo vida vieja
El Real Madrid gana con el mínimo esfuerzo. El árbitro perjudicó al Murcia. El gol de Raúl fue suficiente

Hoy hablaremos de los árbitros. Primero en abstracto: la vocación, el masoquismo, la familia. Luego descenderemos a los abismos de lo concreto: Teixeira Vitienes, visitador médico, autor ayer de una serie de errores en cadena que rozaron el genocidio murcianista.
Respecto al origen del impulso arbitral, al motivo por el que un muchacho sano comienza un día a vestirse de negro y a tocar el pito, hay multitud de explicaciones, algunas truculentas. Hay quien dice que el árbitro es un futbolista sin éxito, pero tan enamorado del fútbol que es capaz de cualquier heroico sacrifi cio para saltar al campo, aunque no se la pasen nunca. Otras teorías nos apuntan que el árbitro esconde un niño vengativo, al que nunca dejaban jugar, cruel marginación que también ha generado ilustres presidentes de gobierno y de grandes compañías: no mete goles, pero el balón es suyo.
Hay quien afi rma, sin embargo, que el árbitro es un idealista, un tipo con vocación de juez, de ahí que existan el árbitro Garzón, el que persigue el crimen allá donde se produzca (campo o banquillo), y el árbitro partidario del jurado popular (o casero), si grita la gente es falta.
Interpretaciones más cabalísticas aseguran que para ser árbitro basta, simplemente, con una determinada combinación de apellidos, de modo que ciertas parejas de novios ya tienen, sin saberlo, un árbitro en su amor. Según esto, los señores Acebal Pezón, Condón Uriz, Pino Zamorano o el mismo Teixeira Vitienes no hubieran podido nunca, aunque lo hubieran intentado, burlar su destino.
La fuerza del sino. El partido de ayer no parecía uno de esos que termina de inclinar el árbitro. Daba la impresión de que eso le correspondería al Madrid, en lo bueno y en lo malo, sobre todo en lo malo, porque después de adelantarse en el marcador (minuto 8), el equipo fue víctima de esa pereza pariente de la superioridad y de lo guapo que soy. Si el Murcia hubiera tenido uñas, hubiera arañado, pero no las tiene. Conoce el camino y sabe llegar, pero carece de gente con gol, con gol asesino, esa virtud que no se paga con dinero (o sí) y que diferencia a los equipos y a los futbolistas.
Puestos a jugar a psicólogos (ya enemistados con el gremio arbitral estamos listos para enemistarnos con otros profesionales), podríamos señalar que la falta de gol de la mayoría de futbolistas tiene que ver conla Ley de la Botella, el que la tira va a por ella. Me explico. Los niños comienzan a jugar en campos improvisados (calles, plazas, orillas de ríos) en los que en la mayor parte de los casos el golazo o su intento implica tener que ir a buscar el balón a lugares inhóspitos llenos de ortigas o vecinos asesinos. Como ese trauma permanece, el jugador patrio, en su mayoría, es de poco chutar desde lejos y gusta de llegar tocando.
Pero regresemos al partido. Más en concreto al gol, caracoleo de Figo, balón al segundo palo, Ronie de cabeza, así con un poco de grima, y Raúl a la remanguillé. Aclarar que nadie estaba en fuera de juego y si los jugadores del Murcia protestaron, en el fondo fue más por lo feo de la jugada que por su legalidad, como si el famoso espadachín al que te mides en glorioso duelo te diera de repente una patada en la espinilla, así a traición.
El Murcia no se acobardó a pesar de la contrariedad. Tal vez porque hay goles en el Bernabéu que signifi can que te van a caer siete y otros que te dan la lejana esperanza de un empate. Depende del momento, del tiempo que falte, de las estrellas de abajo y sobre todo de las de arriba, como todo en la vida, ahora que lo pienso. Y el gol de Raúl sonó pronto a partido disputado.
Movido por Jensen, un danés rubio que juega como un danés rubio, el Murcia se acercó con cierta facilidad, pero sin causar demasiada alarma. En parte por su falta de dinamita, ya dicho, pero en gran parte también por la seguridad de la mera presencia de Casillas, ángel de la guarda, dulce compañía, que no desampara ni de noche ni de día.
Porque la defensa del Madrid, a excepción de Salgado, volvió a ser un completo despropósito, en especial, también como últimamente, Roberto Carlos, que ayer parecía en condiciones de haber roto cualquier cosa por grande que fuera. Cómo sería el asunto que el Bernabéu terminó por pitarle.
Entre las tropelías de Roberto, además de perder varios balones (de oxígeno), hay que apuntar un par de penaltis, uno por agarrón clarísimo a Luis García y otro por zancadillita tonta a la misma víctima. Ya digo que ayer tenía más peligro que un mono con una ametralladora.
Sin tiempo para reponerse, el propio Luis García sufrió una entrada de Helguera que ya no es que fuera penalti, es que era Kung-Fu, una afrenta china. El ex delantero del Real Madrid se cayó como si hubiera estallado junto a él una granada.
A todo esto, el árbitro, al que hacía evidente ilusión pitar su primer partido en el Bernabéu, miraba para otro sitio o es hasta posible que mirara para el sitio adecuado y pensara ¡cielos, qué penalti!, incapaz de señalar nada porque en su fuero interno (y externo) se sentía como un afi cionado al que hubieran regalado en un bote de Colón la oportunidad de codearse con los galácticos, mira tú qué ilusión.
El encuentro se agotaba y el Murcia seguía insistiendo, pero defendiéndose más del árbitro que del Madrid. Richi, futbolista interesante (por tamaño, contundencia y visión) estuvo a punto de marcar, tras un taconazo de Karanka. Más cerca aún lo tuvo Luis García (a esas alturas el fugitivo), que estrelló contra el larguero un lanzamiento de falta.
Misma historia. No pasó nada más. El Madrid salió triunfante de un partido en el que volvió a ajustar su nivel de esfuerzo hasta el mínimo posible, que en su caso es la falta total de esfuerzo. Es cierto que en el desastre de la segunda parte, la peor de las que se recuerdan, pudo influir la ausencia de Zidane, sustituido en el descanso. También debió afectar el despiste de Beckham, tal vez confuso por las vacaciones o por la carta a los Reyes de Brooklyn, que debe ser como el Señor de los Anillos.
Pero la tendencia es clara y preocupante. El equipo sólo se levanta de la cama por un gran motivo y cabe la duda de si ese vicio no se acusará en otras citas, pienso (y me repito porque me obsesiono) en los cruces de Champions, no nos engañemos: todo es su calentamiento para ese momento y todo será juzgado por lo que suceda entonces.
Tres puntos. Eso es lo que rumían los aficionados del Madrid en estos casos, un tanto ruborizados porque este Madrid no necesita favores y sí, quizá, algún susto, un tipo de escarmiento ahora que no pasa nada.
Teixeira Vitienes se marchó contento, repartiendo saludos, satisfecho, como estaríamos usted o yo después de ver a esos tipos tan cerca.
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