Galáctico Ciudad Real
El Barcelona sufrió una paliza sin precedentes en la final ante el imparable equipo castellano-manchego, que sumó así el cuarto título de su historia.


Minutos antes del encuentro, en el Quijote Arena no se vivía la tensión de una final. Había un ambiente muy relajado, incluso con asientos aún vacíos. La ciudad regalaba optimismo. ¿Un triunfo del Barça? Imposible decían, pero había que jugar.
En el Ciudad Real, en el equipo, no hubo confianzas, ni tregua. Salió a machete desde el principio. A morir en defensa y a matar en ataque. A no regalar nada, a humillar al adversario, tan temido hace nada. Balonmano mágico, a velocidad sideral, lejos del alcance de este Barça, desgastado y con bajas (Masip y Skrbic).
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Ver a los jugadores volcados contagió a la afición, que se metió en el partido a golpe de silbato. Por los árbitros, vamos. Un gol anulado a Dujshebaev provocó un estallido atronador en el Quijote. El acabose. Temblaban hasta los cimientos. "Qué pite Rivera", gritaba el gentío; para acabar con el clásico "campeones". Sí, campeones, porque el Ciudad Real suma ya cuatro títulos en tres años (dos Recopas, una Copa del Rey y la Copa Asobal). Un palmarés que amenaza con crecer a lo grande.
Vayamos al partido, y a un portero extraordinario: José Javier Hombrados, la estrella de la final y de la Copa Asobal, junto a Dujshebaev, elegido mejor jugador del torneo. J. J. lo paró todo... y un poquito más. Acabó con un 56% de paradas (68% al descanso). Un muro. Su acierto se unió a la prodigiosa defensa 5-1 de sus compañeros, con La Roca Dinart metiendo miedo. Y luego, arriba, Zaky (pichichi del torneo con 11 tantos), Entrerríos y Urios goleando. Al descanso (17-7), ya no había duelo por segundo día consecutivo. Una paliza sin precedentes en la historia reciente del Barcelona.