El día de Navidad, a nadar
Tirarse al mar el día de Navidad parece una barbaridad. Bueno, es una barbaridad hacerlo cualquier día en esta época del año, porque el invierno no es precisamente estación que invite al baño. Sin embargo en Barcelona y en Gijón lo hacen cada día de Navidad. En Barcelona, desde hace 76 años; en Gijón, desde hace 11, pero está documentado que ello era costumbre ya en los años 30. Y resulta que, en contra de toda lógica, cada año se tira más gente al agua. Es una extravagancia, pero también lo es correr la San Silvestre, como si no hubiera más días que el de Nochevieja para correr por la calle, y son miles las personas que lo hacen en todo el mundo.
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Claro, que lo de tirarse al agua por estas fechas es más severo que lo de correr. El problema no es la distancia, unos 200 metros, sino la temperatura del agua. Entre 10 y 14 grados. Cuentan que la primera impresión es espantosa y que el frío se quita a base de dar manotazos y patadas al agua, o sea, de nadar a toda pastilla para no quedarse aterido. Por supuesto, la gracia es tirarse a pelo, esto quiere decir sin traje de neopreno ni gaitas. No es que se prohiba, pero ya se puede preparar a escuchar cositas quien vaya vestido con algo más que el simple bañador. Esto no es cuestión baladí, porque la prueba no consiste en ganarla, sino en superarla.
Si no fuera así, tampoco serían cientos las personas que se lanzan al agua. Nadadores, lo que se dice nadadores, no se tiran ni la mitad de los participantes. Ellos ya tienen sus piscinas para competir, y si participan en alguna de las dos travesías navideñas lo hacen por contribuir al carácter festivo de las pruebas. Una chaladura, sí, pero de gran arraigo por razones que se antojan inexplicables. Por lo visto no entraña riesgos para la salud si nada más salir del agua uno se abriga. Lo mismo el ejemplo cunde por otros puertos de mar y los jóvenes, tan necesitados de retos, convierten esto en una moda. Pues no nos extrañemos.
