El reality-show está en marcha
Organizar una carrera entre Ben Johnson y Carl Lewis 16 años después de la madre de todas las finales es algo perfectamente posible. Como celebrar una carrera entre un atleta y un caballo o un Fórmula 1 y un avión. Hoy en día, no hay que rasgarse las vestiduras por nada. En cuanto haya un organizador, unos competidores y unos compradores de los derechos de transmisión se puede hacer cualquier cosa. Una carrera de dinosaurios, un partido de tenis entre una jugadora retirada y otra que nunca haya ganado nada, un criterium ciclista en el que se sepa que el ganador va a ser el corredor de casa...
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Los tiempos van cambiando y ahora el deporte también es espectáculo, algo sometido, por tanto, a una oferta y una demanda. Si alguien ve que puede haber ganancias en un enfrentamiento Johnson-Lewis, lo organiza y allá él con sus cuentas. Hace muchos años se intentó hacer algo parecido en Santander con la final olímpica de 1.500 metros de Los Ángeles 84 y la cosa no cuajó, pese a que aquel podio no tenía que envidiar a ningún otro: Coe, Cram y Abascal. Ahora, por lo visto, con Johnson y Lewis (no me hablen de los demás nombres, porque sólo serían los teloneros) los números salen y puede haber reality-show...
Cuando hay negocio de por medio cualquier cosa es posible. Johnson y Lewis bien los saben, porque aquella final del 88 se disputó a una hora extraña: las doce del mediodía. Esa es una hora en la que el organismo no está a punto, y por eso todas las grandes finales se celebran a partir de media tarde, cuando los músculos sí están ya en condiciones de rendir al máximo. Pero aquella carrera fue a mediodía porque la televisión estadounidense exigió la final a una hora de máxima audiencia, que coincidía con el mediodía en Seúl. Vendida aquella carrera a unos intereses concretos, ¿cómo no se va a vender ahora la revancha una y cien veces?
