Yo digo Juan Mora

Un sentido adiós

Juan Mora
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El Barraco. A 110 kilómetros de Madrid. Sobre las faldas de las montañas de Ávila. Las nubes cubren el cielo y ocultan las cumbres. A 1.007 metros de altitud hace frío, mucho frío. La nieve está al caer. Desde el campanario, el toque a muerto anuncia el fallecimiento de un vecino. También se escuchan los compases de la banda que despiden al Chava. Tres mil personas caminan en silencio. La mitad ha llegado desde los confines de toda España. Son gentes del ciclismo, gentes solidarias, gentes emocionadas que quieren estar allí el día que El Barraco despide al Chava. Porque les sale del corazón, porque el Chava fue mucho Chava.

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El Barraco, cualquier mediodía del mes de julio o de septiembre. Hace calor, mucho calor. La Casa del Pescador hierve de gentes que quieren ver al Chava en el bar de sus padres a pie de carretera. Es un día grande, un día de alta montaña. El Chava no tiene ningún respeto a Pantani y le ataca en el corazón de los Alpes; el Chava arma el taco porque demarra en Los Leones y amenaza el liderato de Olano, su propio compañero; el Chava no se puede quedar quieto y se va a por Tonkov en el Angliru, justo en la Cueña les Cabres, allí donde cualquier otro ciclista sólo tiene fuerzas para mantener el equilibrio. Eran días en los que El Barraco era una fiesta.

El Chava hace dos años que dejó de pedalear. Pero las gentes no le han olvidado. Ayer quisieron estar con él. Porque cuando alguien deja huella, se está con él para lo bueno y para lo malo. No era un día cómodo para irse hasta El Barraco, y menos para asunto tan lastimoso, y la carretera que va de San Martín de Valdeiglesias a Ávila se colapsó. Esa carretera por la que tantos kilómetros hizo arriba y abajo fue precisamente la que ayer le despidió, camino del cementerio. Abriendo paso, la Guardia Civil; siguiendo el cortejo, ese ingente pelotón que cubrió de flores su sepultura, un privilegio que sólo reciben los campeones y las gentes de bien. Chava lo fue.

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