La embajadora del tenis
Kournikova, por si alguien no se lo cree, fue antes tenista que lo que es ahora: modelo, Barbie o lo que ustedes quieran. Kournikova fue niña prodigio de tenis. Tuvo una carrera meteórica y muy pronto, con tan sólo 16 años, se metió entre las diez mejores del mundo. O sea, que jugaba pero que muy bien. Lo único que le pasaba es que no lograba ganar ningún torneo. Las Williams, Hingis o Davenport de turno, incluidas nuestras Arantxa y Conchita, acababan cerrándola el paso. Pero su palmarés no era malo: semifinalista en Wimbledon, finalista en Miami, Hilton Head, Moscú y Shanghai. Hasta que, poco a poco, fue desapareciendo del circuito.
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Serían las lesiones, los compromisos publicitarios, las pasarelas, el glamour, el caso es que la tenista dejó paso a la Barbie. Ahora aparece de repente en León. No sé si veremos a la tenista que, una vez curada de su lesión, desea recuperar el sitio perdido, o a la Barbie que cumple con los contratos de quienes explotan su imagen. Esa misma duda surge sobre la reaparición de Arantxa. Ésta sí se retiró oficialmente el año pasado y desde entonces no hemos vuelto a saber de ella. ¿Vuelve para hacer sólo esta exhibición o lo hace para irse probando porque quiere volver a jugar y ser la abanderada de España en los Juegos Olímpicos de Atenas?
Cualquiera que sea la intención oculta de ambas jugadoras, es de agradecer el partido que van a ofrecer. Una plaza de toros no se llena así como así -que se lo pregunten a los empresarios- y la de León estará a reventar, lo cual indica que el cartel es del agrado del público. Si de ese partido salen las niñas pegando raquetazos al aire -se supone que los papás las llevarán al partido-, Kournikova habrá conseguido en una tarde mucho más que Arantxa y Conchita en quince años. Porque, no nos engañemos, la exhibición es la que es por esa niña que no termina de ser mujer. Y que sea así por muchos años, porque mejor embajadora no ha tenido el tenis.
