Primera | Real Madrid 2 - Atlético 0

Demasiada galaxia

Ronie abrió el marcador a los 14 segundos. Raúl sentenció. Gran partido de Torres. Fatal Simeone

<b>TODOS CON RONIE</b>. No sólo el Bernabéu se rindió al
talento de Ronaldo. Sus propios compañeros lo enterraron
en abrazos después de que consiguiera abrir el marcador
a los catorce segundos. Ronaldo estaba allí.
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No jugó mal el Atlético, aunque decirlo ahora suena como un epitafi o: aquí yace fulanito, gran persona, luchador y eterno romántico, aunque se le caían todas las macetas en

la cabeza. No jugó mal el Atlético, lo juro, y me parece de justicia empezar por ahí. No puedes culpar al náufrago de no vencer a la tormenta. No es suficiente remar bien, ni tener un buen barco, ni ser un gran nadador. El mar te engulle. Eso ocurrió. El vendaval se anunció con un relámpago sobre la cabeza del Atlético, esta vez no fue una maceta: a los catorce segundos marcó Ronaldo. Lo hizo en una jugada que se ajustó perfectamente a la fama que tiene el Madrid de equipo galáctico y globetrotter, fue una de esas secuencias que algún día entrarán en el DVD (doble) de Grandes Éxitos. Fue digno de Evasión o Victoria, casi todos en cámara: Ronaldo sacó de centro, Raúl a Beckham, este a Zidane, el francés a Roberto Carlos y el balón otra vez a Ronaldo, que se ve en carrera y con tiro, pero que decide amagar y se la pone en largo, uff, tic y zas. A Ronie le divirtió mucho. A Burgos, menos. A Simeone, nada.

El rey. Cosas así nos hacen pensar que Ronaldo no es sólo un futbolista, es una fi losofía, un profeta del nuevo hedonismo, una bossa nova, una canto de felicidad y contra la anorexia, el resultado de mezclar a partes iguales a Baloo, Gandhi y Warren Beatty, unas gotas de Dinio. Además, es muy bueno, alguien que se sabe un superdotado y que sólo se emplea ante los desafíos importantes, el resto le aburre un poco y aun así once tantos esta temporada. Qué decir del Atlético. Un gol así, tan rápido, delata un despiste, pero también descubre una falta total de suerte, casi una maldición. Y contra el Madrid cualquier distracción, cualquier pecadillo venial, se convierte en una condena mortal.

Pese a todo, más que de sus propios errores, el Atlético fue víctima de su entrenador, que decidió colocar a Simeone de central cuando la aportación del argentino, a estas alturas, se limita a lo espiritual, al ardor guerrero. Y Manzano debería saberlo, que es psicólogo.

Lo más curioso es que el Atlético se recuperó del golpe de una forma fabulosa y lo que pudo ser un tiro de gracia resultó un picar de espuelas. Fue entonces cuando surgió Torres, que ayer dejó de ser promesa para confi rmarse como un delantero excepcional, soberbio, valiente, galáctico, una pesadilla para la defensa del Madrid, que sigue generando bastantes dudas cuando llueve mucho.

Raúl, que se había pasado 21 minutos metiéndose en fuera de juego, con una torpeza inhabitual, sentenció el partido al cabecear un pase de Beckham desde las afueras de Strafford- upon-Avon. Podrá decirse ahora que fue un error de marcaje de Simeone y una cantadita de Burgos. Pero sería amargarse, empañar una genialidad, levantar el pan de una deliciosa hamburguesa. Y lo que antes fue curioso, después de ese tanto, pasó a ser heroico.

El Atlético siguió atacando, cada vez más, con más ansia, siempre con Torres e Ibagaza, siempre rozando el gol, la esperanza, el milagro. Entretanto el Madrid jugaba descaradamente a la contra, al volapié (al cachondeo), Ronaldo en estampida, haciendo retumbar el campo, y Zidane gustándose, probando filigranas un tanto recargadas.

Nada más comenzar la segunda parte, Ronaldo disparó al palo y el rechace lo mandó al mismo sitio Raúl, mucho más voluntarioso que inspirado. Hasta allí llegó el Atlético, porque lo que hasta entonces era un partido abierto, en el que podía suceder cualquier cosa, comenzó a espesarse con las primeras riñas.

Lo que siguió fueron puños sueltos, una paradón de Casillas a disparo de Torres (pase de Ibagaza) y otro del Mono Burgos a chut de Raúl. Pero ya no quedaba nada, sólo los homenajes. En esos minutos Ronaldo fue sustituido y despedido con una gran ovación porque hasta el Bernabéu, que todo lo perdona menos la vagancia, se ha rendido al extraño talento brasileño. También se fue Raúl, ovacionado sin reparos.

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Moraleja. La gran fortuna del Atlético es que la derrota se reciclará hasta convertirse en victoria moral y servirá para engrandecer su leyenda de club romántico e infortunado: jugamos mejor, pero así no se puede; además, le hicieron un penalti al Niño y el árbitro estaba coaccionado, tanto bañarse junto al escudo, será esquirol. Y es verdad, así no se puede. Con el Madrid no se puede, sobre todo si huele a fi esta, a cita grande, sobre todo si están todos y coinciden, si se animan y les apetece.

Porque el Madrid superó la prueba con una facilidad asombrosa y eso que jamás se lo tomó como algo más que una carrerilla camino del Camp Nou, donde sí sabrán contra quién juegan. El Atlético lo intentó siempre. Y al menos consiguió un bonito epitafi o, lo que no es poco: aquí yace fulanito, y tal y tal... pero volverá.

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