La Davis la deciden factores ajenos
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Madrugada de emoción e incertidumbre. Hemos llegado vivos a la tercera jornada de la Copa Davis. Lo mismo la ganamos. Difícil, pero no imposible. Nada que ver con las madrugadas de los años 60, cuando nos levantábamos sólo para ver si Santana era capaz de ganar un partido. Con ello nos conformábamos. Esta madrugada es distinta. Jugamos para traernos la Davis a casa. El hecho de tener una sola posibilidad de conseguirlo ya es un éxito. Muy buenos han de ser nuestros tenistas para disfrutar de esa posibilidad. Porque se enfrentan a jugadores buenísimos, motivadísimos, que compiten en casa y sobre la superficie que mejor les va.
Si los nuestros salen derrotados, será porque las circunstancias han jugado a favor de los australianos, no por ser mejores. Eso estaría por ver en igualdad de condiciones. Aunque en esta ocasión no sé si jugar sobre hierba favorece más a las australianos o deja la moneda en el aire. Sobre todo en esta tercera jornada, con la hierba ya machacada, desaparecida incluso en algunas zonas, y con tantas irregularidades que el bote de la bola es impreciso. Esto perjudica tanto a los nuestros como a los australianos. Depende de dónde y cómo bote la bola. En la final Australia-Francia, por esas cosas del azar, botó peor a los australianos que a los franceses y éstos ganaron. Es difícil de entender por qué en un deporte tan ultraprofesionalizado como el de nuestros días, tan igualado hasta el extremo de que la victoria es a veces cuestión de detalles, se permite tanto la influencia del azar. Es cierto que la suerte se reparte entre los contendientes y el tenis es deporte dado a equilibrar su influencia. Por eso los tenistas alternan la pista cada dos juegos, pues la dirección del viento y la posición del sol al sacar -muy molesto en el Rod Laver Arena al inicio del primer partido- perjudican a quienes tengan estos factores en contra. En este sentido, el tenis no se ha modernizado. Toda una Davis puede decidirse por causas ajenas al juego.
