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Beckham era la cobra

Liga de Campeones | O. Marsella 1 - Real Madrid 2

Beckham era la cobra

Beckham era la cobra

Jesús Aguilera, agencias

Dos picotazos del inglés y Ronie tumban al Olympique. Becks logró el gol 600 en Copa de Europa

Para ciertos jóvenes la expresión "hacer la cobra" define el movimiento hacia atrás y los lados que ejecutan las muchachas con su cuello retráctil cuando intentas besarlas por sorpresa. En estos casos, es común que el asaltante caiga desplomado (por la humillación) al no encontrar el apoyo esperado. Para el entrenador del Olympique, hacer la cobra es jugar como el Madrid: bailoteo y picotazo mortal. Visto lo de ayer, incluiremos en nuestro diccionario esta acepción, con la esperanza de que nuestra suerte cambie.

Primera parte un tanto espesa. Y falta de fútbol la atención se fija en accesorio. A saber: intenso bronceado del árbitro sueco (tal vez integral), que incluye una coreografía un poco Village People, de modo que cuando muestra tarjetas amenaza también con dar cachetes, lo que da muchísimo más miedo. Luego, el uniforme del portero del Olympique, completamente rojo, pero no rojo pasión sino rojo tomate Orlando que vira a salmón, quizá con la ropa interior a juego, mejor no pensarlo; o sí, ustedes verán.

Hasta aquí la fantasía y la bandera arco iris. El resto, leña (o leather). El Olympique salió con el cuchillo entre los dientes y los del Madrid dando brincos para que no les rompieran las piernas, objetivo logrado a medias. Van como locos, parecían pensar los galácticos. Los ricos tienen razonamientos curiosos.

Muchas de las patadas que recibía el Madrid se debían a su empeño en los rondos y a su renuncia al juego vertical, a lo que contribuía la absoluta pasividad de Ronaldo, que es metálico en el jardín botánico; porque ya no es que ande, es que da pasos cortos. Eso sí, luego marca, nos callamos todos y nos pedimos otro whopper.

En esos primeros minutos era Beckham quien más sufría las embestidas, básicamente porque era quien más se arrimaba. Al inglés le desconcierta que el equipo se deje zarandear y eso le convierte en el mariscal que jalea a la tropa y levanta a los soldados del suelo. Y ya lo hace en español, como se pudo comprobar en sus menciones a las madres de los marselleses más violentos, cuya profesión parecía conocer.

Figo era otro de los destacados. Para ser exactos, el otro destacado. Entró bien por la derecha e incluso se fue alguna en alguna ocasión por velocidad. Lo malo es que acabó perdiendo la paciencia y cambió de banda.

Así estaba el partido, con el Madrid remolón y con el Olympique excitado, cuando se produjo una falta al borde del área francesa, que debió ser falta por la insistente amenaza de cachetes. Era el minuto 35 y de pronto una extraña sensación de optimismo invadió a los madridistas de corto y de largo: gol de Becks. Y fue gol de Becks: el balón que vuela de arriba a abajo y el hombre de encarnado que se lo traga un poco.

Y es que más allá de su contribución futbolística, fabulosa, Beckham inspira confianza, como si caminando junto al guapo no nos pudieran matar nunca. Por eso cualquiera de sus goles o de sus asistencias nos alimentan tanto tiempo, hasta el siguiente mérito, por mucho que tarde. Por cierto, era el gol 600 del Real Madrid en Copa de Europa.

En la segunda parte, el Olympique volvió a salir rugiendo y el Madrid siguió sin inmutarse, flojo en defensa, arrinconado a veces. Nunca pareció Raúl Bravo tan pequeño como ante Drogba y Mido, lo que nos hace temer por el futuro, cuando desfilen los verdaderos dragones. No quiero ser cenizo, pero tal vez nos estemos engañando. En una de esas, Mido cabeceó con saña y consiguió el empate, el Velódromo patas arriba.

Pero no tardó en llegar la sentencia. Zidane descubrió el único desmarque de Raúl y este la puso sin mirar; Ronaldo surgió en el primer palo y la empujó con el empeine, el de rojo estupefacto. Después vino un milagro de Iker (lo habitual), el entrañable cambio de Zidane y la salida al campo de Rubén, que jugó aproximadamente 15 segundos.

Debo reconocer que a mí estos partidos me recuerdan a aquellos cuentos de cigarras y hormigas que te advertían de los peligros de un presente esplendoroso y confiado, porque luego llega el invierno (o la Juve) y te quedas con un palmo de narices. Aunque tampoco puedo olvidar que la Bella se fue con la Bestia, previa transformación del monstruo en primo de Beckham, cuando lo verdaderamente didáctico hubiera sido una boda, digamos, mixta: ogro y diosa. Es por eso que ando confuso.