Sacrificio y elegancia argentina
Víctor Zapata destaca por su capacidad de sacrificio y su manejo del balón, un jugador que se destapó en Toulon e hizo escala en River para regalar su mejor fútbol a Pucela.

Volante zurdo, trabajador y con buena técnica, Víctor Zapata fue un jugador muy apreciado en River y no ha tardado en ganarse la confianza de Fernando Vázquez en el Valladolid. Anteayer frenó la racha del Atlético con uno de los pocos goles que ha marcado en su carrera con la derecha. Ni es un jugador elegante ni pretende serlo, pero desde que vistió la camiseta de River no ha hecho más que mejorar. Cuando firmó por River cumplió un sueño familiar. Su padre, Alberto José Zapata, fue un modesto jugador que se estrelló en una prueba en River en 1966. Había llegado de la mano de Ermindo Onega y tenía la confianza del técnico, Renato Cesarini, pero su club en Santa Fe no le dio el pase definitivo. Su hijo Víctor sí alcanzaría River años después. Nacido en San Martín (20-01-79), Zapata creció en la cantera de Argentinos Juniors con el Chiche Sosa como maestro, participó en el torneo juvenil de Toulon en 1999 y se convirtió en un sorprendente fichaje de River poco más tarde. Sólo había jugado 15 partidos en el primer equipo de Argentinos Juniors cuando Gustavo Mascardi le metió en la negociación por Cristian Ledesma. Jugó poco los primeros meses, pero una lesión de Gancedo le abrió un hueco y lo aprovechó. Se le comparó mucho con Berti y se asentó más aún tras la marcha de Ramón Díaz y la llegada del Tolo Gallego. Siempre con su estilo de balón al pie, de trabajo y movimientos constantes. No es goleador y nunca lo será, aunque el que marcó al Atlético sea el segundo desde su llegada al Valladolid. Salvo los cuatro tantos de su primera temporada como titular en River, nunca marcó más de dos goles por año. Importantes, eso sí. El último en River sirvió para garantizar el título ante el Olimpo. Ahora, con 24 años, busca ganarse un nombre en Europa con el Valladolid.