Yo he perdido, ¿y usted?
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Me confieso perdedor. No tenía muy claro si iba con Nueva Zelanda o con Francia. Pero sabía con quién no iba: ni con el catenaccio australiano ni con el cerrojazo inglés. Ahora las dos grandes favoritas en las apuestas estarán en la final, pero me da igual. Buscaré en las carreras de Ben Cohen algún atisbo de elegancia o en la fuerza embarullada de Sailor la descomunal potencia de Rokocoko. Echaré de menos el aroma de Galthie, el Nureyev del rugby. Wilko, más parecido a Robbie Williams, pondrá la clase. Pero no es lo mismo.
No tengo claro con quién voy, o tan siquiera si voy con alguien. Pero sí tengo claro con quien no voy. No voy con Clive Woodward, seleccionador inglés que se ha pasado tres años proclamando las excelencias del nuevo rugby de la rosa. Mentira. Es el viejo juego de delantera que trabajaba igual en los 60, los 70, los 80, los 90... La única diferencia es que le ha tocado el gordo de El Niño (Wilkinson). Todo el que haya jugado al rugby sabe lo duro que es trabajar en las melés, los rucks y las mauls. Pero si tienes un pateador decente, ese trabajo revierte en el tanteador. Tengo una semana para decantarme por uno o por otro.