Ayer se retiró Robin Wood
Para escribir esta columna he pedido ayuda a un par de espesas cervezas negras. Porque estar a la altura del personaje del que se escribe, no siempre es posible. Los recuerdos se atropellan en tu cabeza y eres incapaz de contar algo coherente. Eso me pasa con Keith Wood. Por eso ayer, cuando Wood se abrazó a Fabien Galthie, el capitán del rugby más romántico que sobrevive, al final del partido, sentí que perdía a un amigo. Se me hizo un nudo en la garganta. Se iba. Se va. Se ha ido...
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Mis héroes de infancia eran Robin Hood, el príncipe de los ladrones que robaba a los ricos para repartirlo entre los pobres, y Curro Jiménez. No sé explicar por qué siempre voy con el débil, quizá mi condición bética, heredada de mi padre, tenga algo que ver. El asunto es que descubrí a Wood en un póster de un viejo pub de Dublín. ¿Quién es?, pregunté. "Robin Hood", respondió Brian el tabernero, un tipo al que se le adivinaba un pasado cargado de melés. Wood simbolizaba la resistencia del pueblo al rodillo inglés.
Convenció a los irlandeses que podían ganar jugando el mejor rugby, el de Francia. Y lo logró. Ayer, con todo perdido, sus compañeros le rindieron el mejor homenaje posible. Cogieron el balón y murieron en la zona de marca rival. Keith, amigo, gracias por enseñarnos a ser más dignos.